jueves, 18 de agosto de 2016

Ellen DeGeneres y la híper-sensibilidad racial

            Los medios de comunicación exageran la intensidad del racismo en EE.UU. Pero, en líneas generales, no deja de ser cierto que ese país aún no se ha deslastrado de los siglos de esclavitud y las décadas de leyes segregacionistas. Se eligió a un presidente negro, pero aún queda racismo.
            ¿Cómo superar el racismo? El sentido común dictaría que el mejor modo de hacerlo es que los distintos grupos raciales se acerquen y se integren, venzan los prejuicios, y puedan vivir armónicamente. Hay, es verdad, grupos supremacistas blancos que impiden que así ocurra. Pero, no dejemos de lado la responsabilidad que los propios negros tienen.

            Un gran obstáculo a la integración racial en EE.UU. es la híper-sensibilidad que hoy reina en ese país. Los grupos minoritarios, pero en especial los negros, están a la caza de cualquier comentario hecho por algún miembro de un grupo dominante, para acusarlos de racismo. En EE.UU., se camina sobre cáscaras de huevo: hay un inmenso temor de ofender a otros.
            El caso más reciente de este patético fenómeno ha ocurrido con la actriz Ellen De Generes. Tras el impresionante triunfo del atleta jamaiquino Usain Bolt en las olimpíadas de Río de Janeiro, la actriz publicó un montaje de foto, en la cual, ella va montada encima de Bolt mientras éste corre.
            DeGeneres, a quien no se le conoce ningún pasado racista (y quien incluso, ha compartido agradables momentos con Bolt), fue inmediatamente acusada de ser racista por haber publicado esa foto. Ciertamente en el pasado, los esclavistas blancos norteamericanos se tomaban fotos posando montados sobre esclavos negros, como si se tratara de bestias de carga. Pero, habría que halar demasiado las cosas por los pelos, como para decir que la foto de DeGeneres es del mismo tipo.
            La imagen es más bien un homenaje a la proeza olímpica de Bolt. El escándalo que esta imagen está causando refleja más bien algo muy básico que explora la escuela de Gestalt en psicología: en nuestras percepciones, proyectamos nuestras ideas preconcebidas. Un psicoanalista obsesionado con Freud ve penes y vaginas en todas partes. El filósofo Karl Popper estudió este tipo de cosas con mucho acierto. Popper documentó los sesgos de confirmación en los que incurrimos muchas veces.
            Pues bien, en EE.UU. pululan lobistas obsesionados con la opresión racial. Y, lo mismo que el psicoanalista que ve penes y vaginas por doquier, estos combatientes del racismo ven muchas veces supuesto racismo, donde en realidad no lo hay. Una imagen como la que publicó De Generes al final se convierte en algo parecido a un test de Rorscharch: se ve lo que se quiere ver.
            Si acaso, las más ofendidas por la imagen no deberían ser los negros, sino las propias mujeres. Bolt es retratado, no como una bestia de carga, sino como un viril atleta que viene a rescatar y llevarse a la princesa que pasivamente espera en la torre del castillo. Este tema, desde Barba Azul, hasta Mario Bros, ha molestado mucho a las feministas, y con justa razón. En EE.UU., no obstante, hay muchísima más híper-sensibilidad en torno a temas raciales que en torno a temas de género, y eso hace que la lectura feminista de esta imagen sea menos relevante que la lectura racial.
            Todo esto es profundamente destructivo para esa sociedad. Los celotas de la lucha anti-racista que reprochan a DeGeneres, al final, no hacen más que contribuir aún más al racismo. Pues, si algún blanco tiene la disposición de acercarse a los negros y promover la integración, con casos como éste, eventualmente sentirá un gran temor de tener amigos negros, no vaya a ser que los ofenda inadvertidamente con cualquier comentario insignificante. Ante tanta híper-sensibilidad, la respuesta más natural del ciudadano común es más bien el acentuar aún más la segregación.  

martes, 16 de agosto de 2016

Simone Manuel y la identidad racial

            En mi libro Las razas humanas ¡vaya timo!, dediqué un capítulo a los deportes. Ahí, traté de refutar la tesis según la cual, algunas razas humanas tienen mayor aptitud para los deportes que otras. Quien más ha defendido esta tesis, Jon Entine, postula que los negros son buenos en atletismo, y malos en natación, por motivos biológicos. Para el atletismo, cuentan con fibras de contracción rápida, y eso les da una ventaja. En la natación, en cambio, los negros no prosperan, porque tienen una densidad ósea mayor que personas de otras razas, y eso no les permite flotar adecuadamente.
            Tonterías. Ciertamente no debemos rechazar una teoría por el mero de ser políticamente incorrecta (y no cabe duda de que la tesis de Entine lo es), pero en este caso, la evidencia científica no acompaña a Entine. ¿Cómo explicar, entonces, que en efecto, los negros no han dominado en natación? Muy sencillo: factores sociales. Para nadar, se necesitan piscinas, y cuesta dinero mantenerlas. Las clases sociales más excluidas no tienen acceso a las piscinas. En África hay poca infraestructura para piscinas, y en América, los negros tienen poco acceso a ellas. Por ende, los negros tienen poca oportunidad de practicar este deporte. Tienen mucha más oportunidad de entrenar en deportes que no necesitan instalaciones tan caras, y en esos deportes, triunfan.

            El reciente triunfo de la nadadora negra norteamericana Simone Manuel en las Olimpíadas de Río de Janeiro, es significativo por ello: su triunfo sirve para refutar el estereotipo de que los negros tienen huesos que no les permiten nadar bien. Ahora bien, como suele ocurrir, el liderazgo negro en EEUU (así como sus aliados blancos que sienten culpa por los abusos del pasado) quiere cargar las tintas. Con bombos y platillos, anuncia una y otra vez el éxito de la “primera medallista negra en natación”. Y, como también suele ocurrir, a ellos les importa un comino si un sudanés o un senegalés tienen o no acceso a la piscina (y, con toda seguridad, esa gente es mucho más oprimida que los negros norteamericanos). Lo importante es su mundito.
            Un asunto interesante es que Simone Manuel ha dejado muy claro que a ella no le interesa llevar la etiqueta de ser la primera medallista negra norteamericana en natación. Ella quiere representar a todos los nadadores, y ya está. A mí me parece una actitud muy sana. La pasada generación de negros en EE.UU. coqueteó mucho con el separatismo y el desmedido cultivo de su identidad étnica. Eso le sirvió el propósito político de aprovechar los programas de acción afirmativa. Los negros norteamericanos sufrieron la segregación racial durante la era de las leyes de Jim Crow (que, valga decir, se aplicaban a las piscinas). Cuando el movimiento de los derechos civiles logró derogar esas leyes, los negros buscaron la integración, y había la esperanza de que EE.UU. se convirtiese en una sociedad post-racial (precisamente la misma con la cual soñó Martin Luther King). Pero, al poco tiempo, se apoderó del liderazgo negro una corriente que no tenía el menor interés en trascender las diferencias raciales, y más bien buscó cultivarlas aún más.
            Con el triunfo de Obama, nuevamente volvió la esperanza de encaminarse hacia una sociedad post-racial. La llamada “generación milenial” o “generación Y” (los nacidos entre 1980 y 1999) es de las que menor interés ha tenido en continuar exacerbando las identidades raciales. Simone Manuel pertenece a esta generación. Y, así, es comprensible que a ella no le agrada que los mayores la encierren en casillas étnicas. Para ella, la raza no es una obsesión. Ella aspira a vivir en un mundo en el cual, las identidades raciales paulatinamente vayan desapareciendo.

            Ciertamente, en EE.UU. queda mucho racismo, como los casos de brutalidad policial confirman. Pero, mi sentido común me dicta que, para que este racismo desaparezca, es mucho más sensato que la obsesión con las identidades raciales sea moderada. Si continuamente se etiqueta a un atleta con ser el primer negro en lograr esto o aquello en la historia, la opinión pública no va a pensar en esa persona como un atleta, sino como un negro. Y, así, la distinción del mundo entre negros y blancos, seguirá intacta. Por ello, creo que Simone Manuel tiene una gran lección que enseñar a los viejos líderes negros norteamericanos que viven obsesionados con su identidad racial.

jueves, 11 de agosto de 2016

El cupping es una tontería, pero seamos proporcionales

            Michael Phelps es el mejor nadador de la historia, pero eso no impide que la comunidad científica emita críticas en su contra. Phelps ha acudido a la terapia del cupping, la cual consiste en colocar vasos de vidrios calientes sobre algunas zonas del cuerpo, a fin de reventar algunos vasos capilares, y esto deja unas marcas moradas sobre el cuerpo. Supuestamente, eso sirve como estímulo  para el sistema circulatorio en esa zona del cuerpo, y se logra más fuerza muscular.
            Esa técnica procede de la medicina tradicional china. Lo mismo que respecto a la acupuntura, los científicos saben muy bien que, en realidad, tal técnica no concede ningún resultado fisiológico. A Phelps parece funcionarle muy bien, pues sigue siendo el rey de la natación. Pero, su efecto no pasa de ser psicológico. Es un mero placebo.

            ¿Hace daño? La práctica no es intrínsecamente peligrosa, más allá del dolor momentáneo que puede sentir el paciente cuando se le colocan los vasos de vidrio calientes. Pero, toda terapia pseudocientífica lleva el riesgo de que, cuando se trata de males más graves, el paciente abandone los métodos curativos que sí funcionan, y opte por esas mamarrachadas.
            Me parece que lo que Phelps hace no es tan grave como lo suponen algunos de sus críticos. Él sólo está usando esa técnica para ganar una competencia él mismo. No está diciendo a los pacientes con cáncer que abandonen la quimioterapia para tomar hierbitas y someterse a ramazos dados por un brujo.
Lo ideal sería, por supuesto, que Phelps entendiese que esas terapias en realidad no sirven para nada, y que asumiera una actitud plenamente racional. Pero, en el deporte, esto es sumamente difícil. Desde el siglo XIX, cuando la antropología se encontró con las supersticiones de muchos pueblos, se intentó establecer una diferencia intelectual entre los pueblos primitivos, y los pueblos más intelectualmente avanzados. Los primitivos, se decía, piensan más irracionalmente, y por eso, emplean tantos procedimientos de magia; mientras que los modernos utilizan más la racionalidad, y se guían por la ciencia.
Pero, pronto, los antropólogos empezaron a documentar ejemplos de supersticiones en actividades muy modernas. Un famoso estudio del antropólogo George Gmelch, documentaba los pequeños rituales mágicos a los que acuden los jugadores de béisbol: no pisar la raya de cal, tocar un número específico de veces el casco a la hora de batear, etc. Gmelch descubrió algo muy interesante: las supersticiones son mayores cuando se batea, que cuando se fildea. ¿Por qué? Porque, en el béisbol, hay más probabilidades de fracaso bateando que fildeando.
Y, esto revela algo muy recurrente en las conductas supersticiosas y en la magia en general: su incidencia aumenta frente a la incertidumbre. Malinowski, quizás el autor más importante de toda la antropología, célebremente documentaba cómo los trobriandeses acudían a la magia cuando salían a navegar en el mar abierto, pero no lo hacían cuando salían a navegar en la laguna, con aguas mucho más tranquilas. En momentos de angustia e incertidumbre, se es más vulnerable a abandonar la racionalidad.
Phelps está en las olimpíadas, un evento que es psicológicamente duro para cualquier atleta. Ocurren sólo cada cuatro años, compitiendo contra los mejores atletas del mundo, y el planeta entero está a la expectativa. Esto no es la competencia del barrio. Es natural, entonces, que ante la incertidumbre y el estrés conduzcan a alguien como Phelps al pensamiento mágico.
En función de ello, creo que no debemos ser tan duros con Phelps. Muchos dejamos pasar que Karl Malone repitiera unas palabritas antes de lanzar el balón desde la línea de tiros libres, o que David Luiz se arrodille y mire al cielo cada vez que sale a jugar. ¿Por qué no hemos de dejarlo pasar con Phelps?
Se dirá que mucha gente, al tomar a Phelps como modelo, acudirá al cupping, y en ese sentido, Phelps sí es mucho más reprochable. Lo que hacen Malone o David Luiz es abiertamente mágico religioso, y poca gente está dispuesta a repetir una actividad tan irracional; en cambio, lo que hace Phelps es pseudocientífico, y eso es mucho más peligroso, porque da la impresión de que se está sometiendo a un procedimiento aparentemente científico pero que, en realidad, es una mamarrachada.

Quizás. Pero, si a modelos vamos, creo que en el deporte hay muchos otros atletas que hacen cosas terribles, y que también sirven como modelos negativos a mucha gente. Barry Bonds, con sus esteroides, puede sembrar en muchos jóvenes la idea de que, inyectándose sustancias peligrosas, podrán ser grandiosos bateadores. Incluso, Messi con sus tatuajes puede conducir a las maleables mentes adolescentes a hacerse los mismos tatuajes en sus cuerpos, con tal de parecerse a él. Un tatuaje, con su riesgo de hepatitis, infecciones o reacciones alérgicas, puede ser bastante más peligroso que el cupping. Seamos más consistentes, y critiquemos con mayor proporcionalidad.

domingo, 7 de agosto de 2016

Diderot y las monjas

            Mis hijas van a un colegio de monjas. Yo, por supuesto, llevo años tratando de refutar las creencias católicas. ¿Es esto una incoherencia de mi parte? Hasta cierto punto, sí lo es. Pero, el hecho de que a mí me parezcan irracionales muchas creencias católicas, no me impide reconocer que las monjas (o al menos, las que educan a mi hija), hacen una buena labor educativa. Ya me encargaré yo de explicar a mis hijas en casa, que los dogmas católicos son absurdos. Y, puesto que la educación pública venezolana es pésima, pienso que mi obligación como padre es aceptar la buena educación de las monjas, y hacer lo que yo pueda por dirimir el adoctrinamiento religioso.
            En líneas generales, estoy bastante contento. Pero, soy consciente de que las experiencias educativas con las monjas no han sido universalmente positivas. En el pasado, la educación que promovían era notoriamente sádica. La literatura gótica explotó mucho la imagen del convento y el monasterio (sobre todo el monasterio español) como un lugar tenebroso, lleno de depravaciones y torturas. Esto era propaganda anglo-protestante, pero sólo medianamente. Siempre ha habido monjas sádicas.

            Diderot hizo un retrato nada halagador de los conventos en La religiosa, quizás su libro más famoso. En esa novela, Susana, una joven, es obligada por su familia a entrar en un convento. La joven es producto de un adulterio, y su madre, para tratar de menguar la culpa, se empeña en enviarla lejos con las monjas. Susana nunca está convencida de su vocación. Al principio, se encuentra con una superiora bastante comprensiva, quien le asegura que, al convento, nadie va contra su voluntad. Susana, en efecto, voluntariamente rechaza los votos, pero por diversas circunstancias, su familia la presiona nuevamente para que vuelva al convento.
            La superiora amigable ha muerto, y ahora, la nueva superiora es terrible. Susana quiere escapar del convento, pero en tanto ahora sí ha tomado votos, no le está permitido salir. El convento se convierte en una cárcel. Diderot escribía antes de la revolución de 1789, cuando el antiguo régimen daba al clero la potestad de mantener secuestrados contra su voluntad a quienes hubieran tomado votos. Hoy, ni por asomo toleraríamos que una secta, o cualquier grupo religioso, mantenga como rehenes a sus feligreses o clérigos. En Occidente, muchas veces nos olvidamos de lo terrible que era el mundo antes de que las ideas ilustradas (de las cuales Diderot era uno de sus máximos representantes) secularizaran el mundo y lo hicieran un lugar más agradable para vivir.
            En vista de que Susana ha manifestado su intención de abandonar la vida religiosa, la superiora considera que Susana está poseída por el demonio, y la somete a duros castigos. A pesar de todo este retrato lúgubre, Diderot no es como los novelistas góticos que representaban espeluznantes monasterios españoles. Él evita los maniqueísmos, y admite que, incluso en el clero, hay gente buena. Un sacerdote alcanza a ver que Susana es víctima del maltrato de la superiora, e interviene en el asunto, recomendando un castigo a la superiora. A Susana la trasladan con otra superiora.
            La nueva superiora es aparentemente amigable. Pero, en quizás la mejor parte de la novela, descubrimos que es lesbiana. Empieza a acosar sexualmente a Susana. Diderot retrata muy bien las manipulaciones psicológicas y el aprovechamiento de la posición de poder de la superiora, para depredar sexualmente a la protagonista. Pero, la joven heroicamente resiste. Al final, confiesa a otro sacerdote lo que está ocurriendo, y éste, como el anterior, interviene para socorrerla. El cura organiza un escape del convento, y Susana, felizmente, se libera de los hábitos.
            Diderot muy valientemente se atrevió a hacer lo que pocos hicieron en su contexto: en un país católico, osó mostrar la miseria de la vida en los conventos. Yo sospecho que, en la Iglesia, las cosas han cambiado. Las monjas que educan a mis hijas se ven bastante felices, y no creo que en los conventos ocurran con frecuencia las barbaridades que Diderot representaba en su novela. Pero, precisamente gracias a la denuncia de Diderot y a su estímulo a la secularización, las cosas han mejorado.
            Ahora bien, hay un aspecto de la obra de Diderot que siempre me ha fastidiado. Diderot se educó con jesuitas, y en un principio quiso ser sacerdote. Él conocía bastante bien el mundo católico, y por eso, sus descripciones sobre los abusos en los conventos son bastante creíbles. Pero Diderot conocía muy poco sobre los pueblos no occidentales. Con todo, como muchos otros en su época, se atrevió a escribir maravillas sobre esos pueblos, sin realmente conocerlos bien.
            Así, en otro de sus libros, Suplemento al viaje Bougainville, Diderot presentó la vida en Tahití casi como un paraíso terrenal. Su intención era contrastar la virtud de los nativos, con los defectos de los europeos. Los misioneros cristianos que acudían a aquellos parajes, pintaban a los nativos como bestias depravadas que necesitaban ser evangelizados. Diderot, asqueado del catolicismo en su país, protestaba contra esto, y para ello, elogiaba a los nativos. El contraste se daba sobre todo en los temas sexuales: mientras que las monjas de La religiosa son todas reprimidas sexuales e hipócritas, los tahitianos llevan una vida sexual muy feliz.
            Esto, lamentablemente, ha contribuido al mito del buen salvaje. A partir de ese mito, mucha gente, en nombre de la lucha contra el colonialismo, ha querido resistir la positiva influencia cultural europea, y ha rechazado las ventajas de Occidente, por el mero hecho de venir de Occidente. Lamentablemente, Diderot fue uno de los cultivadores de la excesiva culpa que los occidentales sienten respecto a su propia cultura.
            Hoy con justa razón, reprochamos duramente la represión sexual de las monjas, denunciamos la opresión del velo, y frecuentemente señalamos los abusos de la Iglesia Católica. La obra de Diderot nos sirve de guía en esto. Pero, al mismo tiempo, estamos dispuestos a excusar esos mismos abusos, e incluso celebramos un velo muy parecido al de las monjas, si esos atropellos vienen del Islam.

Para muchos supuestos progres en Occidente, los musulmanes de hoy se han convertido en lo mismo que los tahitianos fueron para Diderot en el siglo XVIII: buenos salvajes cuyas barbaridades estamos dispuestos a excusar, con tal de tener una cultura foránea como referente para criticar la nuestra. Diderot luchó arduamente por secularizar el mundo, pero lamentablemente, con esta actitud híper-crítica hacia nuestra propia cultura, terminaremos abriendo paso a una cultura que, desde sus inicios, ha resistido la secularización.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Maduro: ¿simpatizante de Trump?

            Ni Nicolás Maduro, ni ningún chavista, se podrá dar el lujo de mostrar simpatías públicas por Donald Trump. De hecho, Maduro ya se ha encargado de insultarlo, como es característico de él, con el epíteto de pelucón (acá). Trump representa todo aquello contra lo cual el chavismo se ufana de combatir: el racismo, el machismo, los grandes consorcios capitalistas, etc.
            Pero, en el fondo, Maduro es simpatizante oculto de Trump. Varios analistas han destacado las similitudes de estilo político entre Chávez y Trump. Ambos representan el caudillo carismático, el hombre fuerte que sabe manejarse ante los medios, que no le importa decir cosas escandalosas ante las cámaras, y que precisamente por eso, consigue un arraigo en las masas. El populismo puede desarrollarse tanto en la izquierda como en la derecha, y por eso, el chavismo siente cierta afinidad con el Donald.

            Cometeríamos un error, no obstante, si llegásemos a creer que esta afinidad se limita al estilo. En las propias posiciones políticas, Trump es bastante cercano al chavismo, lo suficiente como para sospechar que Maduro en realidad desea que, en las próximas elecciones presidenciales de EE.UU., el vencedor sea Trump.
            Maduro, lo mismo que Chávez, enaltece el valor de la soberanía nacional por encima de los procesos de globalización. Eso implica una férrea protección de fronteras. Es precisamente eso lo que promueve Trump. Venezuela, como EE.UU., ha enfrentado crisis migratorias. Nuestro país ha recibido olas de inmigración colombiana, y en 2015, Maduro ordenó deportaciones masivas (que, de hecho, ya venían ocurriendo desde hacía mucho, y siguen ocurriendo hasta el día de hoy). Maduro sabe que debe tener muchísimo cuidado en no criticar el nacionalismo y la dura postura anti-inmigrante de Trump, pues él hace exactamente lo mismo en Venezuela.
            Más aún, para Maduro, la xenofobia de Trump y su agresividad en contra de la inmigración, no representa mayor inconveniente. El gobierno venezolano enfrenta una crisis de fuga de talentos, y desesperadamente trata de convencer a su juventud para que se quede a construir la nación. Venezuela no está en la posición de países como México, Guatemala o El Salvador, quienes envían al norte a los ciudadanos menos capacitados. De Venezuela emigra  a EE.UU. la gente más talentosa. Un presidente norteamericano que llegue al poder impidiendo el acceso a inmigrantes latinoamericanos podrá resultar odioso al presidente de México, pero no al presidente de Venezuela.
            En el plano económico, el chavismo y Trump también tienen extraños puntos de coincidencia. Desde el 2003, Chávez impidió la repatriación de capitales por parte de los inversionistas extranjeros, imponiendo un control de cambio de moneda. Trump no propone exactamente lo mismo, pero sí ha amenazado a México con impedir el envío de remesas producidas en EE.UU. (de hecho, él estima que, con ese dinero no repatriado a México, se podrá construir el muro que él propone). Chávez fue un paladín de la lucha contra el mercado, y siempre buscó sabotear los tratados de libre comercio que EE.UU. conformara con países vecinos. Trump propone lo mismo para su país: proteccionismo comercial a ultranza, y el abandono de tratados de libre comercio, especialmente el NAFTA con México, y otros posibles acuerdos con América Latina.
            Trump, como buen nacionalista y xenófobo, ha advertido que, al llegar a la presidencia, aislará militar y políticamente a EE.UU. A su juicio, EE.UU. es una nación lo suficientemente poderosa, como para no necesitar de la cooperación con otras naciones. Así pues, bajo el proyecto de Trump, el intervencionismo militar de EE.UU., así como las alianzas geoestratégicas (en especial la OTAN), se verán considerablemente reducidos. Este asilacionismo norteamericano es precisamente lo que Chávez y sus secuaces siempre pidieron.
            Trump podrá despreciar a los latinoamericanos, pero así como él no quiere inmigrantes hispanos en EE.UU., tampoco quiere que su gobierno se meta en asuntos latinoamericanos. Él quiere cortar todo lazo con América Latina, y eso implica dejar de intervenir en nuestros países. Hillary Clinton, por su parte, estuvo fuertemente implicada en el golpe de Estado en Honduras, contra Manuel Zelaya, uno de los niños mimados de Chávez. ¿Preferiría Maduro a Clinton por encima de Trump? Lo dudo.
            Por último, la mediación de Rusia es muy importante. En su obsesión anti-americana, Chávez buscó aliarse con cuanto bicho viviente expresara su menosprecio a EE.UU., sin importar cuán brutal pudieran ser esos déspotas. Cuando Vladimir Putin ascendió al poder, no hizo nada por hacer que el comunismo regresara a Rusia: ese país sigue estando gobernado por oligarquías capitalistas. Pero, en asuntos geopolíticos, Putin sí ha pretendido recuperar parte del poder soviético, y eso inevitablemente lo ha conducido a un enfrentamiento con EE.UU. Como era de esperarse, el corazón de Chávez quedó flechado con el nuevo zar ruso: vio en él un importante aliado contra los gringos, sin importar que Putin ni por asomo defiende ideas socialistas o comunistas.
            Desde que Trump se lanzó a la política, también ha tenido un idilio con Putin. Ambos se admiran mutuamente en su estilo populista, nacionalista y caudillista. Trump no quiere cumplir compromisos con la OTAN, y a Putin eso le parece genial, pues se le abre el camino para la anexión de los países bálticos (los cuales han estado en la mira desde hace ya bastante tiempo), y otros países exsoviéticos. Putin se ha asegurado de ayudar a Trump, hackeando los emails del Partido Demócrata, en los que se evidencia su corrupción interna.
            En su oposición a EE.UU., Chávez estuvo muy dispuesto a ser lacayo de Rusia. Si Maduro pretende seguir el legado de Chávez, y está dispuesto a seguir siendo lacayo de Putin, comprenderá que un triunfo de Trump le conviene más. No puede, por supuesto, hacer sus simpatías por Trump tan públicas como las hace Putin. Pero, creo que, en secreto, está ligando que la bella Melania sea la próxima primera dama de EE.UU.

lunes, 1 de agosto de 2016

Should Doping in Sports Be Allowed?

          The 2016 Rio de Janeiro Olympics will seem to be starting on the wrong foot. Amidst a political crisis that removed from power President Dilma Rouseff last May, there are widespread allegations that Brazil is just not prepared to hold an event of such importance. Accommodation problems have prompted athletes from many delegations to relocate to hotels and elevate complaints.
            Yet, even if the Olympics were held in a politically stable country with high levels of efficiency, we all expect what has already become a ritual while watching this sporting event every four years: some athlete, in some competition, will fail a doping test. The Rio de Janeiro Olympics have not even begun, and there is already controversy. The International Olympic Committee seriously considered suspending the Russian delegation in toto, only to withdraw the ban in the last minute. However, the controversy remains.

           The phantom of doping in sports, and especially in the Olympics, truly began to haunt us with Ben Johnson’s suspension in the Seoul Olympics, back in 1988. Ever since, great stars have risen and fallen (Lance Armstrong, Marion Jones, Diego Maradona, Barry Bonds, and many others), and it now seems that the genie is out of the bottle. Inasmuch as this is becoming a monster, there is the growing that perception that the ban on doping is very much analogous to the War on Drugs: a useless effort that creates more problems than it solves.
            Ethicists have paid attention to this debate for some time. The standard argument in favor of banning enhancement in sports is quite simple. Doping substances can be quite dangerous, and this is a slippery slope towards long-term destruction for the sake of immediate satisfaction. There is also the issue of fairness: do we want to reward athletes for their discipline, effort and natural talent? Or, do we want to reward multinational corporations and powerful countries that, in a sense, buy medals by investing huge amounts of money on biomedical research and use athletes as their pawns?
            Harvard philosopher Michael Sandel has warned that there are some things that money just cannot buy. Sports are already very much a mercantile endeavor. Critics complain sporting events are no longer about comradeship and the display of natural talents; but rather, a cold, money-producing machine. Were doping allowed, Sandel and other critics advert, it would further deteriorate the original sporting spirit.
         Furthermore, Sandel has argued that we must accept gifts given by nature. By this, he means that humanity must acknowledge its limitations, and come to the recognition that some things are and must be beyond our control. In his words: “To acknowledge the giftedness of life is to recognize that our talents and powers are not wholly our own doing, nor even fully ours, despite the efforts we expend to develop and to exercise them”.
       But, as usual, not all ethicists agree. Oxford philosopher Julian Savalescu has made a name defending the use of bio-technologies, including enhancement in sports. Most contemporary sports already rely on aid from technological means. It simply isn’t true that, in sports, we accept unconditionally nature’s gifts. The choice of equipment, trainers, and even surgeries, have a significant role in determining who gets a medal, and who doesn’t. It seems arbitrary to allow these technological supports, and at the same time, ban enhancement drugs.
        There is the usual complaint that enhancement would increase the gap between rich and poor nations in sports competitions. But, Savalescu believes it could actually produce the opposite effect. Poorer nations already have great difficulties in training athletes, because the available allowed technologies are not affordable by all. Lifting the ban on doping, by contrast, would be an opportunity for poorer nations to have a better shot at winning, inasmuch as they would be in a position to use enhancement technologies that may be easily commercialized and available to all.
       As for safety, Savalescu admits that, indeed, some enhancing drugs in sports are unsafe. But, many are not. There is always a degree of risk in substances, but in fact, all sports are susceptible to injuries. Regulation would surely be needed. But, in order to enforce efficient regulation, only truly harmful substances should be banned. Otherwise, over-regulation can become a hindrance, as officials would be concerned with a huge number of cases, many of which would go undetected; a black market would easily arise, as it already is the case.
     Ideally, there should be no doping scandals in the upcoming Rio Olympics. Realistically, there will most likely be some. As you watch this great sporting event, you may very well ask yourself: what can be done? As usual, ethical discussions will not provide an immediate answer. But, it will surely provide sufficient information and reflection, in order to make the most reasonable decision.

domingo, 31 de julio de 2016

Héroes y villanos de "The People vs. O.J. Simpson"

            En el cine y la televisión, ¿se cuenta mejor una historia real, dramatizándola, o a través de un documental? Generalmente, en estos casos, me he inclinado más por el documental. Y, respecto a la historia de O.J. Simpson y su juicio, un reciente documental, O.J. Simpson: Made in America (lo reseño acá), es magistral. Pero, a la vez que salió en la televisión norteamericana ese documental, se transmitió una serie de diez episodios, The People vs. O.J. Simpson. Debo decir ahora que he quedado indeciso respecto a cuál es mejor. Ambos son geniales.
            The People vs. O.J. Simpson basada en el libro The Run of His Life, de Jeffrey Toobin, narra en detalle los acontecimientos del juicio a Simpson. Para quienes seguimos en vivo aquellos acontecimientos, la serie evoca recuerdos muy vívidos, pues la forma en que recrea las cosas es muy apegada a la veracidad. Los escenarios son muy fieles, lo mismo que las actuaciones. Esta serie contó con grandes nombres consagrados del cine y la televisión en EE.UU. Hay, es verdad, actores más próximos que otros a sus personajes. Quizás el actor que menos se acercó al personaje fue el simpático Cuba Gooding Jr., quien interpreta al propio Simpson. Pero, las interpretaciones de Marcia Clark, Johnny Cochran y Chris Darden, a cargo de Sarah Paulson, Courtney Vance, y Sterling Brown, respectivamente, son geniales.

            El espectador se lleva la impresión de que el gran monstruo de la serie, es Robert Shapiro, interpretado por John Travolta. En la serie, Shapiro jamás está convencido de la inocencia de Simpson. Y, en varias ocasiones, intenta convencer a sus colegas de que Simpson se declare culpable, para llegar a un acuerdo con la fiscalía. Esto es muy distinto, por ejemplo, de la actitud de Robert Kardashan (interpretado por David Schwimmer), quien aun si no está convencido de la inocencia de Simpson, decide acompañarlo hasta el final, no sin quedar atormentado por ello.
La serie tiene muchas escenas privadas, de forma tal que no sabemos si en realidad las cosas ocurrieron así a puertas cerradas. Pero, la forma en que Travolta (quien tiene alguna facilidad para hacer roles de villanos) interpreta a Shapiro hace que éste aparezca como un personaje sumamente despreciable. El juicio de O.J. Simpson se hizo infame por la forma tan manipuladora y chantajista en que la defensa introdujo el elemento racial. Al final del caso, Shapiro denunció a su colega, Johnny Cochran, por haber exacerbado los ánimos raciales para sacar provecho a su situación. No obstante, en la serie se presenta inequívocamente que el artífice de la idea de usar el chantaje racial, fue desde un inicio el propio Shapiro. Cuando yo seguí en vivo el juicio en 1995, Shapiro no me resultaba despreciable; si he de guiarme por la serie, en cambio, Shapiro es de la peor calaña.
Por otra parte, el personaje que en 1995 sí me pareció un monstruo, aparece en la serie bajo una luz mucho más amigable. Se trata de Cochran. Él fue el encargado de manipular y chantajear, apelando a su supuesta vocación de defensor de los derechos de los negros, para en realidad, favorecer sus propios intereses políticos y monetarios. La serie presenta muchos de los momentos en los que Cochran acude al chantaje racial: cuando compara a Mark Fuhrman (el detective que encontró la mayor parte de la evidencia incriminatoria) con Hitler, cuando dice que sugerir que los negros norteamericanos hablan con un acento particular es racista, etc. En la serie también se muestra cómo, insólitamente, Cochran sugirió que el asesinato de Nicole Brown y Ron Goldman estuvo a cargo de pandillas colombianas (algo para lo cual no había ninguna prueba); este hombre estaba muy dispuesto a defender a minorías étnicas cuando se trataba de los negros norteamericanos, pero no escatimaba en estigmatizar a otras minorías (en este caso, inmigrantes colombianos), con tal de salvar el pellejo de su cliente.
La serie también muestra el lado más misógino de Cochran, cuando humilla a Marcia Clark y sus dificultades para cuidar a sus hijos, así como su doble vida matrimonial. Pero, a pesar de todo esto, la serie se esmera en presentar a Cochran como un héroe que, aun con sus fallas, merece elogios. Courtney Vance, con gran habilidad actoral, se encarga de hacer de Cochran un líder negro carismático, alguien así como Martin Luther King. A mí no me convence. En aquel entonces pensaba, y hoy lo sigo haciendo, que Cochran es emblemático de la tragedia negra norteamericana. Sí, en EE.UU. hubo racismo, y hoy lo sigue habiendo; pero a la vez, hay pillos que se aprovechan del racismo para chantajear. Está en sus intereses que siga habiendo segregación, pues si los negros se terminaran integrando satisfactoriamente al resto de la sociedad, se les acabaría el negocio. Cochran era uno de esos pillos.
Sorprendentemente, la gran heroína de la serie es Marcia Clark. En 1995, recuerdo, la percepción del pueblo norteamericano es que se trataba de una mujer estirada, amargada y arrogante. A los negros, no le agradaba, precisamente porque representaba al rígido sistema norteamericano que tanto los ha aplastado. Y, si bien los blancos la toleraban un poco más, al final, la terminaron odiando, pues le echaron la culpa de haber llevado mal el caso, y haber permitido que Simpson saliera libre.
Pero, la serie se esmera en presentarla como una mujer muy capaz, de gran temple, carismática en el ámbito privado, y que debe enfrentar muchos ataques misóginos, pero que al final, mantiene su compostura. La serie sugiere que Marcia Clark cometió un solo error: haber permitido a Mark Fuhrman testificar en contra de Simpson. Su colega (en la serie, se sugiere un posible romance que nunca se concreta), el negro Chris Darden, le advierte que no utilice a Fuhrman como testigo, porque su pasado racista puede afectar las facultades deliberativas del jurado, mayoritariamente negro. Pero Clark se empeña en convocar a Fuhrman como testigo, confiando en que el jurado será racional, que considerará la evidencia, y que no se dejará llevar por el arraigo emocional del posible racismo de un policía.

La serie muestra cómo Chris Darden, en cambio, en tanto negro, conocía mejor cómo responderían los jurados de su propio grupo étnico. En una discusión en el juicio, Darden solicita al juez Ito que no permita que el jurado escuche testimonios sobre el uso de la palabra nigger (muy despectiva) por parte de Fuhrman, porque eso activará tanta emocionalidad en el jurado, que no le permitirá considerar racionalmente la evidencia. Cochran se opone, diciendo que es racista asumir que los negros no tienen capacidades racionales.

Al contemplar esa escena, yo habría dado la razón a Cochran: los negros son tan racionales como cualquier otro grupo étnico. Y, en principio, no habría culpado a Marcia Clark por confiar en el raciocinio de los jurados negros. Pero, creo que, lamentablemente, al final, los acontecimientos dieron la razón a Darden. El jurado mayoritariamente negro, aun con una montaña de evidencia inculpando a Simpson, optó por liberarlo, dejándose llevar por la emocionalidad racial que Cochran supo explotar. No hay diferencias significativas entre los cerebros de los negros y los cerebros de los blancos; ambos grupos tienen la misma capacidad biológica para la racionalidad. Pero, sí me temo que la experiencia histórica de racismo EE.UU., así como el chantaje racial de tipejos como Cochran, hacen que, en casos como el de O.J. Simpson, los negros son más vulnerables a la emocionalidad y el entendimiento nublado. Marcia Clark, en parte queriendo evitar que la acusaran de racista, terminó pagando caro su error. Debió haber escuchado al negro Darden.