jueves, 12 de enero de 2017

Manuelita Sáenz, la manipulación sexual, y el feminismo

Por muy patriarcal que sea una religión, de alguna u otra manera se incorporarán diosas al panteón. Zeus se casa con Hera y tiene muchas amantes. Y, si el dios no tiene vida sexual, como Cristo, pues entonces, al menos se rinde culto a su madre, por más que el catolicismo quiera hacer malabares semánticos diciendo que “venerar” no es lo mismo que “idolatrar”. El culto a Bolívar no es excepción. No puede haber un Libertador sin una libertadora, dios y diosa unidos en hieros gamos.
En el culto bolivariano, por supuesto, esa diosa es Manuela Sáenz. A medida que la figura de Bolívar ha sido apropiada por la extrema izquierda en Venezuela (no siempre fue así; al principio, Bolívar era más bien el inspirador de regímenes autoritarios derechistas), se ha querido incorporar una supuesta dimensión feminista a su culto. Y así, se presenta a Sáenz como una suerte de heroína feminista que no se deja oprimir por el patriarcado de la sociedad colonial.

Hay algo de realidad en eso. A la vieja usanza del Ancien regime, a Sáenz la casaron, en un matrimonio arreglado, con un comerciante inglés, Jaime Thorne. Sáenz, siempre inquieta, se aburría con Thorne, a quien respetaba, pero no amaba con pasión. Cuando Bolívar entró triunfalmente en Quito en 1822, puso sus ojos en Manuelita, y se inició un romance de grandes pasiones.
Sáenz, que ya tenía simpatías revolucionarias y había participado en conspiraciones contra la monarquía, se unió a Bolívar en sus campañas. Vestía uniformes militares y comandaba tropas. En una sociedad marcadamente machista, esta osadía ciertamente es admirable. Pero, cabe también preguntarse si las simpatías por el feminismo pueden interferir en el carácter meritocrático de una sociedad. Pues, pronto se hizo evidente que las posiciones de liderazgo que Manuelita alcanzaba eran en realidad debidas a su estatuto de amante del jefe. Desde el primer momento, en los ejércitos de Bolívar hubo disputas por liderazgos y ascensos. Algunos, como Manuel Piar, pagaron sus aspiraciones con la muerte. Manuelita, en cambio, aseguró sus ascensos con sus deleites sexuales al Libertador.
Cuando Bolívar se hizo dictador de Colombia en 1828, Sáenz creció aún más en osadía. En su magistral biografía de Bolívar, cuenta John Lynch que en el cumpleaños del Libertador, Manuelita organizó una fiesta con miembros del alto mando militar, colocó una estatua de Santander (quien había sido el vicepresidente de Colombia), e incitó a los militares a disparar a la estatua.
Esto propició que mucha gente cercana a Bolívar se quejara de la intromisión de Manuelita en asuntos de Estado, pero Bolívar, hechizado con sus encantos, trataba de excusarla en una carta al general Córdoba, diciendo: “En cuanto a la amable Loca. ¿Qué quiere Ud. que yo le diga a Ud.? Ud. la conoce de tiempo atrás. Yo he procurado separarme de ella, pero se no se puede nada contra una resistencia como la suya”. Bolívar aseguraba a Córdoba que Sáenz “no se ha metido nunca sino en rogar”. Lynch presume que ese “rogar” en realidad era pedir concesiones para sus allegados, quienes la usaban como intermediaria para que el dictador los favoreciese.
En la historia venezolana, Manuela Sáenz pudo haber sido la primera mujer en manipular a un presidente (o, en el caso de Bolívar, dictador), pero de ninguna manera fue la última. De sobra son conocidos los casos de Blanca Ibáñez y Cecilia Matos, con Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez, respectivamente. Tanto Ibáñez como Matos han quedado en la infamia. Pero, extrañamente, como Bolívar, quedamos fascinados con Manuelita, a pesar de que su conducta era muy parecida a la de esas amantes presidenciales. Al final, Sáenz tuvo a su favor el manto protector del culto a Bolívar. Así es la religión: nubla el entendimiento y arbitrariamente excusa a unos y condena a otros, aun cuando los casos son muy similares.
Por lo demás, vale preguntarse si Manuelita es un verdadero modelo feminista. Ciertamente, no se dejó atrapar por la pasividad que se esperaba de ella en la sociedad colonial. Pero, su modelo es más bien el de la mujer manipuladora que tiene que valerse del sexo y la coquetería para conseguir poder. Si eso es elogiable, entonces también debemos enaltecer como heroínas feministas a Blanca Ibáñez dando órdenes a los militares, y a Cecilia Matos dirigiendo las reuniones del tren ejecutivo. Algunas feministas, supongo, dirán que, en efecto, dadas las limitantes que impone el poder patriarcal, esa manipulación es un recurso válido del cual se valen las mujeres para empoderarse. Pero, si de verdad buscamos la liberación femenina, sería mucho más prudente enaltecer a mujeres que han avanzado hacia la liberación sin necesidad de atar a los hombres con sus vellos púbicos.

miércoles, 11 de enero de 2017

Tareck El Aissami y el terrorismo islámico

Uno de los mayores daños que Chávez hizo al pueblo venezolano fue embrutecerlo con sus ridículas teorías conspiranoicas. A él le inocularon el cáncer. A Bolívar lo mataron. El hombre no llegó a la luna. George W. Bush tumbó las torres gemelas en Nueva York. Y así, un largo etcétera. Lamentablemente, esta mentalidad (que el estudioso Richard Hofstader llamó el “estilo paranoico en la política”) quedó asentada, no sólo en las hordas rojas, sino también, en la oposición.
La última teoría conspiranoica de la oposición venezolana es que el nuevo vicepresidente de la república, Tareck El Aissami, es un agente del terrorismo islámico. Como en casi todas las teorías conspiranoicas, no se ofrecen muchos detalles. Sencillamente se arroja la acusación de forma generalizada, y se abre paso a la imaginación para que cada quien rellene los vacíos explicativos.

¿A cuál grupo de terrorismo islámico, específicamente, pertenece El Aissami? Los conspiranoicos no se ponen de acuerdo en este punto. Patricia Poleo dice que él es representante del Estado Islámico. Otros dicen que es de Hezbollah. Este desacuerdo indica que quienes formulan estas teorías, no tienen el menor conocimiento sobre la geopolítica del Medio Oriente. Pues, el Estado Islámico es un grupo sunita, enfrentado en la guerra civil siria a la dictadura de Bashar Al Assad. Su régimen, en cambio, es apoyado por Hezbollah, una facción chiita con financiamiento iraní. El Estado Islámico y Hezbollah son enemigos a muerte, pero con todo, según los conspiranoicos, ambos confluyen en El Aissaimi.
En vista de que Venezuela inequívocamente apoya al dictador Assad, cabe sospechar que hay alguna remota posibilidad de que El Aissami tenga nexos con Hezbollah. El hecho de que Hezbollah e Irán estuvieron tras el ataque al centro judío Amia en Buenos Aires en 1994, y que el fiscal que llevaba el caso, murió en extraña circunstancias bajo la presidencia de Cristina Fernández, ha movido a algunos conspiranoicos (un poco más racionales) a postular que El Aissami sí tiene nexos con el terrorismo islámico. Pero, francamente, en esa cadena de nexos, hay demasiados eslabones. Para hacer una acusación como ésa, se necesitan pruebas más contundentes. La ONG norteamericana Secure Free Society es la que más ha hecho esta acusación, pero de nuevo, no presenta pruebas.
Tareck El Aissami es ciertamente un personaje detestable. Es miembro del ala más radical del chavismo, la más próxima al castrismo en Cuba. Pero, si ya de por sí es detestable, ¿qué necesidad tenemos de especular y formular teorías conspiranoicas? Por ahora, sólo podemos acusarlo de tener simpatías ideológicas nefastas. Acusarlo sin pruebas de ser agente del terrorismo islámico no hará más que fortalecer al chavismo. Pues, parece demasiado evidente que esas acusaciones tienen un fuerte tufo xenofóbico. Basta que un político chavista tenga orígenes árabes, para que se le acuse de simpatizar con el yijadismo. Esto es una bajeza propia de las hordas simpatizantes de Trump, quienes asumen que Obama es musulmán, por el mero hecho de que su segundo nombre es Hussein.

Venezuela siempre se ha ufanado de recibir con brazos abiertos a los inmigrantes. Si, con estas conspiranoias xenofóbicas, se empieza a acusar a todos los árabes de ser yijadistas, al final, aquel votante que siempre sintió orgullo por la apertura venezolana a los inmigrantes, terminará por repudiar la xenofobia opositora, y dará su voto al chavismo.

lunes, 9 de enero de 2017

¿Es el ALBA bolivariano?

            La mayor franquicia en Venezuela es Simón Bolívar. Plazas, municipios, calles, periódicos, liceos, satélites, carreras de caballo, y un sinfín de cosas más, llevan el nombre del Libertador. Si bien virtualmente todos los gobiernos venezolanos han alimentado este culto, el chavismo lo llevó a un nivel inédito. Y, al poner el nombre de Bolívar a todo, en vez de homenajear al Libertador, terminaron por trivializarlo.
            Resultó natural, pues, que cuando en 2004 Chávez rechazó el ALCA, el tratado de Área de Libre Comercio de las Américas, plantease como contraparte el ALBA, la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América. Cabe sospechar que, del mismo modo en que el nombre de Bolívar se ha prostituido en cuanta plaza aparezca en Venezuela, la memoria del Libertador ha quedado trivializada en el ALBA. Pues, el ALBA, de bolivariano, no tiene nada.

            Bolívar maduró sus ideas a lo largo de sus años. Aquel joven que en Roma juró liberar a la América del yugo español no tenía muy claro qué era exactamente lo que le molestaba del  régimen colonial americano. Pero, a medida que se fue involucrando más en la revolución independentista, en su mente se fue formando la idea de que lo molestoso de España no era tanto la llegada de Colón (Bolívar ni por asomo despreciaba a Colón; más bien honró la memoria del almirante al elegir el nombre de Colombia para su nación), sino que, una vez establecidas las colonias americanas, España no permitía el libre comercio, y en cambio, imponía un sistema de monopolio estatal mercantilista.
            Ciertamente, a Bolívar le terminó por molestar la esclavitud, el sistema de castas raciales, y otras injusticias coloniales. Pero, como a casi todos los criollos que participaron en la gesta independentista, su principal queja era económica: España, a diferencia de Inglaterra (con quien prácticamente todos los próceres simpatizaban) obstaculizaba el libre comercio. En la propia Carta de Jamaica Bolívar da a entender que, si los españoles hubiesen llevado su régimen colonial de otra manera (presumiblemente de una forma más parecida al liberalismo de los ingleses), quizás se pudo haber evitado la ruptura.
            La mejor biografía de Bolívar en los últimos años, Simon Bolivar: A Life, escrita por John Lynch en el 2010, dedica algunas páginas al pensamiento económico del Libertador. Y, Lynch inequívocamente presenta a un Bolívar que, sin caer en dogmatismos, es simpatizante de Adam Smith; en líneas generales, Bolívar privilegia el libre comercio por encima del mercantilismo imperial español, pero también por encima de los proteccionismos nacionalistas que lamentablemente se hicieron muy comunes en las décadas sucesivas en América Latina.
            Escribe Lynch: “El pensamiento de Bolívar, no obstante, mostraba pocos signos de la reacción nacionalista contra la penetración extranjera que luego expresaron las siguientes generaciones. Rechazaba el monopolio económico español, pero daba la bienvenida a extranjeros que suscribían el libre comercio, y quienes traerían los muy necesitados bienes de manufactura y habilidades de emprendimiento… Esto era la teoría clásica del libre comercio” (mi traducción, pp. 165-166). En el análisis de Lynch, Bolívar estuvo dispuesto a organizar una larga y dura campaña militar para resistir la dominación política imperial española, pero cuando se trataba de relaciones comerciales, Bolívar no tenía mayor temor en que las grandes compañías extranjeras exportaran sus productos a los nuevos mercados americanos. Eso, pensaba Bolívar, traería prosperidad para todos.
            Bolívar parecía entender bastante bien que el comercio no es un juego de suma cero, y que Pizarro matando a Atahualpa es muy distinto de la Macintosh vendiendo computadoras en Lima. En lo primero, hay coerción; en lo segundo, hay acuerdo. En lo primero, sólo el conquistador se beneficia; en lo segundo, tanto el vendedor como el comprador se benefician, pues ambos voluntariamente acuden a esa transacción.

            ¿Qué es el ALCA? Es precisamente el tipo de acuerdo que Bolívar deseaba para América: liberación de aranceles para establecer relaciones comerciales con un poder económico extranjero, sea cual sea su procedencia. El ALCA es la parcial eliminación del proteccionismo que Bolívar repudiaba. Bolívar aspiraba que la apertura de las relaciones comerciales fueran con Inglaterra. El promotor del ALCA no es Inglaterra, sino EE.UU., y es cierto que Bolívar veía con preocupación el auge del poderío norteamericano. Pero, de nuevo, su preocupación era el expansionismo político-territorial yanqui en el contexto del Congreso de Panamá, no la apertura de mercados. El ALCA no es un acuerdo de expansión militar o política, sino sencillamente, de apertura de fronteras comerciales.
            El ALBA, que nació únicamente en oposición al ALCA, es más bien la afirmación del antiliberalismo. El ALBA trata de presentarse a sí mismo como un tratado comercial, pero en el fondo, no es más que un modo de perpetuar el proteccionismo y la interferencia en el libre mercado que sí promueve el ALCA. El ALBA es la manifestación de la misma mentalidad enemiga del comercio, propia del imperialismo mercantilista español, contra la cual se alzó Bolívar.
Después de todo, pareciera que, como en la canción de Alí Primera, quienes van a colocar flores en la tumba del Libertador para asegurarse de que esté muerto, son los propios chavistas con su propuesta del ALBA, que en esencia, es la negación del pensamiento económico del Libertador.

sábado, 7 de enero de 2017

La guerra del Paraguay y las mentiras de Galeano

            Es un hecho triste que, en Venezuela, México o Puerto Rico, mucha gente sepa quién fue Abraham Lincoln, pero no sepa quién fue Francisco Solano López, el dictador paraguayo protagonista de la guerra de la Triple Alianza (también llamada “guerra del Paraguay”). Esta guerra, que inició en 1864 (cuando aún ocurría la guerra civil norteamericana), ha sido la más sangrienta en toda la historia latinoamericana, y destruyó al Paraguay, al punto de reducir su población total en dos tercios. ¿Por qué, entonces, conocemos mejor a Lincoln y la guerra civil norteamericana? Supongo que autores como Eduardo Galeano tienen una explicación simple pero correcta: debido al imperialismo cultural. Los gringos, con sus canciones, películas y demás influencias culturales, han hecho que los latinoamericanos olvidemos nuestra historia y nos interesemos más por lo que ocurría en Georgia o Pennsylvania en la década de 1860, que lo que ocurría en Paraguay en esa misma década.

            Pero, ése es el único aspecto en el que gente como Galeano tiene razón al analizar la guerra de la Triple Alianza. Como en toda guerra, en ésta hubo muchos factores, pero básicamente, podemos narrarla así: en Paraguay, el dictador Francisco Solano López heredó la presidencia de su padre, Carlos López. Al llegar al poder, Paraguay era una pequeña nación entre dos gigantes, Brasil y Argentina. López quiso cambiar las cosas, y se preparó para acrecentar el poder de Paraguay en la región. Cuando, en la guerra civil uruguaya, Brasil intervino a favor de un bando, López se preocupó por la expansión de la influencia brasileña en la región, y así declaró la guerra al imperio brasileño. Solicitó ayuda a Argentina, y cuando este país no la concedió, también le declaró la guerra. El bando apoyado por Brasil en la disputa uruguaya llegó al poder, y así, se formó una triple alianza (Brasil, Uruguay y Argentina) en contra de Paraguay.
            En aquel conflicto, el claro agresor iniciador de las hostilidades fue Paraguay. López (que al final pareció perder su estabilidad mental), de forma megalómana, creía que él podía cambiar el balance de poder en Sudamérica a rajatabla, y aprovechó cualquier excusa para enfrentarse a los grandes poderes de la región. Ciertamente Brasil (y en menor medida Argentina) era un gigante con ánimos expansionistas, pero el principal culpable de aquella catástrofe fue, inequívocamente, López.
            Insólitamente, muchos progres latinoamericanos, con Galeano a la cabeza, enaltecen a López. Antes de él, otro dictador, Francia, había cerrado al Paraguay a todo comercio internacional, y López continuó esa política aislacionista. Muchos izquierdistas latinoamericanos, influidos por la llamada “teoría de la dependencia”, creen que ése es el santo remedio a nuestras miserias, pues consideran que el comercio internacional siempre nos perjudica. Así, bajo la interpretación de Galeano, López fue un gran héroe que se enfrentó a las grandes potencias depredadoras, y luchó por la soberanía de su pequeña y maltratada nación. El cuento de David contra Goliat siempre es atractivo a románticos como Galeano.
            Y, como no podía ser de otra manera, Galeano no se conformaba con elogiar a un dictador nacionalista latinoamericano, sino que además, responsabilizaba de esta terrible guerra a poderes europeos. Esta forma de entender las cosas sigue siendo muy común en la izquierda latinoamericana: la culpa nunca es nuestra, siempre es de algún agente foráneo: la CIA, el Mossad, el FMI, la Unión Europea, los judíos… En el caso de la guerra de la Triple Alianza, Galeano y sus seguidores culpan a la Gran Bretaña. Bajo su interpretación, Paraguay resistía el capital extranjero, y los británicos, siempre ansiosos de abrir nuevos mercados, instigaron la guerra para exterminar aquel régimen nacionalista e inundar al país con sus productos manufacturados.
            Este tipo de especulaciones, típicas de la teoría de la dependencia, a simple vista resultan atractivas, pero analizadas con mayor rigor, no se sostienen. Si de verdad los británicos instigaron la guerra para luego poder penetrar el mercado paraguayo, obviamente la jugada les salió mal. Pues, con un país en ruina (con apenas un tercio de su población original), los paraguayos no estaban en condición de consumir productos británicos. Contrariamente a lo que los teóricos de la dependencia sostienen, el comercio necesita la paz, y la paz se sostiene en las relaciones comerciales.
            Otra teoría de la conspiración formulada por Galeano es que la guerra de la Triple Alianza fue instigada por banqueros británicos para financiar a los ejércitos en disputa. De nuevo, esto no tiene ninguna base histórica. Ciertamente Brasil había comprado armamento a Gran Bretaña, pero de ningún modo era el único en hacerlo; en aquella época, prácticamente todos los países latinoamericanos tenían este tipo de relaciones comerciales con los británicos. A decir verdad, la guerra de la Triple Alianza no suscitó mayor interés en Londres; los ojos del imperio británico estaban puestos más en otros escenarios de expansión militar y comercial. La mayor autoridad académica en el tema de la guerra del Paraguay, el historiador Thomas Whigham (autor de una documentadísima historia en tres volúmenes) casi no discute el rol de los bancos británicos, sencillamente, porque no fue un factor relevante.

            La de Galeano no es la única teoría conspiranoica que postula que banqueros británicos se aprovecharon de alguna guerra en otro país para hacer fortuna. Según una leyenda muy difundida, los Rothschild se convirtieron en magnates gracias a las guerras napoleónicas. Supuestamente, Nathan Rothschild fue un espectador de la batalla de Waterloo (en Bélgica) en 1815, y al ver el resultado de aquella contienda, fue a toda prisa a Londres, antes de que llegaran noticias de lo ocurrido. En Londres, vendió sus bonos del mercado bursátil, previendo que otros también lo harían, al asumir que él tenía alguna información sobre la batalla. Así ocurrió. Inmediatamente, Rothschild compró los bonos a precio de gallina flaca, y cuando ya llegó la información del resultado de Waterloo, el valor de estos bonos de dispararon.
            Esta historia es falsa. Fue difundida por un panfleto en 1846, y pronto se convirtió en punta de lanza de la propaganda antisemita (los Rothschild eran judíos), al punto de que sirvió como base para una película nazi, Los Rothschild. Que yo sepa, Galeano nunca hizo comentarios antisemitas. Pero, su insistencia en que la banca internacional ya estaba tramando conspiraciones y alentando guerras desde mediados del siglo XIX, sí sirvió para que en regímenes de populistas latinoamericanos como Chávez y los Kirchner (a quienes Galeano tanto defendía), saliera a relucir el antisemitismo que, desde el siglo XIX, ha formado el estereotipo del banquero judío sin escrúpulos.


domingo, 1 de enero de 2017

Aristóbulo, el chantaje racial, y Bolívar

En un gesto de apoyo a los grupos de diversidad sexual, el vicepresidente del gobierno venezolano, Aristóbulo Istúriz, recientemente ha dicho que él se sintió discriminado en la IV República por ser negro (acá). En Venezuela (como en cualquier otro país del mundo), no cabe negarlo, hubo y sigue habiendo racismo. Pero, aún así debemos preguntarnos si las denuncias por racismo son proporcionales a lo que en realidad ocurre, o si se tratan más bien de chantajes para sacar provecho político.
En la IV República, Aristóbulo Istúriz se desempeñó como alcalde de Caracas, el mismo cargo que, previamente, había ejercido Claudio Fermín, un político con un color de piel casi idéntico al de Istúriz. Fermín, en cambio, jamás ha declarado haberse sentido discriminado por su color de piel en la IV República. Esta comparación plantea la posibilidad de que, en muchos casos, quizás la sensación de sentirse discriminado racialmente se deba menos a la realidad de la opresión, y más al victimismo y los complejos psicológicos que están en la mente de cada quien.

Las declaraciones de Istúriz no tendrían mayor relevancia, si no fuera por el hecho de que su jefe, Nicolás Maduro, tiene bajísima popularidad. Y, en vista de eso, es previsible que para las elecciones de 2019, el chavismo tenga que acudir a un nuevo candidato. Istúriz, siempre más popular que Maduro, bien podría ser el designado.
Si Istúriz se perfila como candidato, bien podría acudir al chantaje racial. En Venezuela, ha habido gobernantes con distintas tonalidades de piel. Pero, Istúriz podría ser el primero en, abiertamente, promocionar su campaña como el “primer presidente negro” de Venezuela. Tradicionalmente, la política venezolana no ha girado en torno a temas identitarios. En algún momento, se quiso plantear a Chávez como el primer presidente zambo, pero a decir verdad, ni Chávez ni sus opositores explotaron abiertamente el tema racial.
No obstante, es posible que el triunfo de Obama en 2008 en EE.UU. pudiera haber cambiado las cosas. Obama explícitamente se presentó como un candidato post-racial que, supuestamente, uniría a todos los grupos étnicos de EE.UU. Pero, en el fondo, su candidatura fue mercadeada bajo la consigna de “primer presidente negro de EE.UU.”. Eso sirvió como un manto protector a Obama, frente a las eventuales crítica a su gestión. Los críticos de Obama (especialmente los progresistas y liberales), siempre tuvieron el temor de que serían acusados de racistas, si criticaban demasiado al primer presidente negro de EE.UU. Así pues, si bien Obama nunca chantajeó explícitamente a nadie, su color de piel se convirtió en una ventaja, pues le ofreció un velo protector en la promoción de muchas políticas que, de haber sido promovidas por un presidente blanco, habrían sido criticadas con mayor intensidad.
En Venezuela no hay mucha tradición de chantaje racial, en buena medida porque en estas latitudes, estamos muchos más mezclados que en el norte, después de la esclavitud no hubo un sistema legal de discriminación (como sí lo hubo en EE.UU. con las leyes de Jim Crow), y en líneas generales, las relaciones raciales han sido muchos más armónicas. Pero, en vista de que el chantaje racial sí dio dividendos a Obama en EE.UU., Istúriz podría emplearlo a su favor.
Es por lo demás irónico que Istúriz continuamente se refiera a sí mismo como “bolivariano”. Pues, Simón Bolívar enfáticamente se enfrentó al chantaje racial en nuestro país, y advirtió que eso podría llevar a Venezuela a la ruina. Manuel Piar, un general pardo, resentía el liderazgo de Bolívar. En un intento por desplazar a Bolívar, Piar empezó a sembrar odio entre las tropas (también pardas), insistiendo en que él era discriminado racialmente por el Libertador. Bolívar, que se había comprometido con poner fin a la esclavitud y declarar la igualdad jurídica de todos los venezolanos sin distinción de color de piel, puso fin inmediato al chantaje de Piar: ordenó sumariamente su fusilamiento.

No nos engañemos: la respuesta de Bolívar fue desmedida y merece todo nuestro reproche moral, pues pudo haber formas más clementes de neutralizar a Piar. Pero, sí es elogiable el hecho de que Bolívar anticipó el chantaje racial de Piar, y supo apreciar el peligro que eso sería para nuestro país, especialmente al tener en cuenta el exterminio de blancos en Haití en 1804. Bolívar se comprometió con la igualdad de los pardos, pero no permitió el chantaje. Si Istúriz decide tomar la senda del chantaje racial, esperemos que aparezca alguien que, como el Libertador, neutralice al demagogo y se comprometa a luchar contra la discriminación sin caer en chantajes.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Venezuela y Zimbabue: semejanzas insospechadas

En los últimos años, Venezuela y Zimbabue han sido comparados continuamente. A la vista, salta el hecho de que Chávez, en su afán por ser amiguito de cuanto dictador brutal tercermundista apareciera, invitó en más de una ocasión a Robert Mugabe a Venezuela. Aunque Chávez ni por asomo fue el déspota que sí es Mugabe, hubo algunas semejanzas en su estilo populista y revanchista.
Tanto Venezuela como Zimbabue eran países con muchas posibilidades económicas, y sus respectivos líderes populistas lo llevaron todo a la mierda. Venezuela tiene el dudoso honor de ser el país con la inflación más alta en el mundo, pero por muchos años, la distinción la tuvo Zimbabue. Mugabe emitió los infames billetes de millones de dólares; aún los venezolanos no hemos llegado a ese nivel, pero Maduro, con su control inconstitucional del Banco Central, emite papel moneda a lo bestia, y quizás en pocos años, lleguemos a tener billetes de millones de bolívares.

Pero, deseo destacar un paralelismo que, hasta donde sé, no ha sido señalado por nadie. En un aspecto, la independencia de Zimbabue fue similar a la de Venezuela. Zimbabue era originalmente la colonia británica de Rhodesia del Sur. A medida que la Gran Bretaña se iba deslastrando de sus posesiones africanas, y emergían nuevos países con gobernantes negros, los blancos de Rhodesia del Sur declararon unilateralmente su independencia, y formaron un nuevo país, Rhodesia. Ninguna otra nación lo reconoció.
El líder de ese movimiento independentista, Ian Smith, trataba de justificar aquella movida alegando los mismos argumentos del régimen del apartheid en Sudáfrica: las razas no pueden coexistir, si a los negros se les ofrece igualdad de derechos la minoría blanca se verá exterminada, etc. Y, en vista de que la madre patria Gran Bretaña había abandonado a sus hijos blancos en Rhodesia, a los blancos no les quedaba otro camino que declarar la independencia, para protegerse de la amenaza negra. Así, desde 1969 a 1980, Rhodesia impuso su propio sistema de apartheid, hasta que la guerrilla bajo el mando de Mugabe puso fin a aquel régimen.
Poco se sabe que la independencia de Venezuela empezó de forma muy similar. En su empeño por satanizar todo lo español, muchos historiadores venezolanos (especialmente los auspiciados por el chavismo) presentan al régimen colonial como una fuente inagotable de opresión, a la vez que presentan a la gesta de independencia como un noble movimiento guiado exclusivamente por ideales de libertad.
Pero, las cosas son más complejas. Los reyes Borbones habían empezado reformas liberales en América. Ciertamente, la sociedad colonial estaba organizada en torno a un rígido sistema de estamentos raciales que impedía la movilidad social a los pardos (negros, mulatos y zambos). Pero, en la última década del siglo XVIII, la corona empezó a flexibilizar ese sistema, y permitió que los pardos libres (es decir, no esclavos) pudieran comprar certificados que les permitían ser considerados de castas superiores, y así, acceder a nuevos privilegios. Era una óptima manera de colocar más dinero en las arcas públicas.
Desde el primer momento, hubo oposición a esta nueva política. Pero, la oposición no vino propiamente de la casta más privilegiada (los blancos peninsulares, es decir, los nacidos en España), sino de los blancos criollos. A su juicio, lo que la Corona y los blancos peninsulares estaban promoviendo era un ascenso social de los pardos que, opinaban los criollos, era muy peligroso. Cuando en 1804 los blancos de Haití fueron exterminados en su totalidad, la preocupación criolla fue aún mayor, y la protesta vino a ser aún más aireada.
En 1810, los criollos tuvieron muchas motivaciones para iniciar la declaración de independencia de Venezuela. Pero, uno de ellos fue indudablemente el temor al ascenso de los pardos. Los criollos temían que la madre patria España no los protegía suficientemente bien frente a los pardos. Y así, lo mismo que Ian Smith en Rhodesia, optaron por la independencia. Pero, al menos en aquel momento, las ideas liberales de Miranda pesaban mucho menos que el interés de la dominación racial. Como en Rhodesia, se trataba de una independencia promovida por blancos, para seguir oprimiendo a negros, en buena medida porque pensaban que la Corona se había vuelto demasiado liberal en asuntos raciales.
Fue precisamente por esto que, en los años siguientes, los pardos lucharon en el bando realista junto a Boves, algo que pocas veces se menciona. La Corona ofrecía más privilegios a los indios y pardos que las élites criollas promotoras de la independencia. El tío de Bolívar, Carlos Palacios, fue uno de los que en los años 1790 encabezó las protestas en contra de las políticas de flexibilización del sistema de castas. Su sobrino Simón, vivía tranquilamente en su finca con esclavos, y presumiblemente, compartía el mismo desdén ante la idea de que los pardos pudieran ascender socialmente.
Todo hay que decirlo, Bolívar, tras su estadía en Haití, cambió de opinión. Prometió la libertad a los esclavos y la igualdad de derechos a todos, y con esto, logró que los pardos se unieran a sus filas. Ésa fue la clave para expulsar a los españoles, y Bolívar en buena medida cumplió sus promesas. Pero, no perdamos de vista que, al menos en las primeras fases, la independencia de Venezuela tuvo las mismas motivaciones que las de Rhodesia: racismo puro y duro.

"El ciudadano ilustre" y la tragicomedia nacional argentina

Marcos Pérez Jiménez, el dictador venezolano, promovió la inmigración europea a Venezuela en la década de 1950 (entre esos inmigrantes, mi abuelo Joaquín Campo Redondo llegó a Maracaibo desde Sevilla). Muchos otros países latinoamericanos hicieron lo mismo: se pensó que, al abrir las puertas a la inmigración europea, nuestros países mejorarían.
En aquellas políticas, ciertamente hubo motivaciones racistas. Se aspiraba a que los europeos “blanquearan” a las poblaciones locales. Pero, yo no me apresuraría a levantar mi dedo acusador. Pues, guste o no, es un hecho que la cultura europea está mejor capacitada que la latinoamericana para el progreso (vale destacar que esto no es un argumento racista, pues no se trata de una mayor capacitación biológica, sino meramente cultural). De hecho, el haber recibido a esos inmigrantes europeos, con su mayor disciplina y preparación que la población local, supuso un inmenso beneficio para el desarrollo latinoamericano, duélale a quien le duela.

Seguramente el país que más agresivamente incentivó esta política fue Argentina. Ya desde el siglo XIX, el gran Domingo Sarmiento adecuadamente supo entender que, no sólo su país, sino toda la América hispana, se batía entre la civilización y la barbarie. De hecho, ése es el tema de la gran obra de Sarmiento, Facundo: lograr que el bárbaro se convierta en civilizado. La solución, en opinión de Sarmiento, era europeizar al americano.
Con toda seguridad, debemos matizar las opiniones tan desgarradoras de Sarmiento. Pero, en líneas generales, tenía razón: aquellos países latinoamericanos que han procurado incorporar las instituciones culturales norteamericanas y europeas, y han abrazado la modernidad, les ha ido mejor. Aquellos países que se empeñan con afán nacionalista en inventar “lo nuestro”, y prefieren el guayuco al pantalón, han quedado en el atraso.
Este contraste entre civilización y barbarie, y el dilema respecto a cuánto debe europeizarse América Latina, es el tema principal de El ciudadano ilustre, una película dirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn. Narra la historia de Daniel Mantovani, un novelista argentino que vive en Barcelona, y recibe el Premio Nobel. Tras esta gloriosa hazaña, decide ir a visitar su pueblo natal, Salas, tras treinta años de ausencia.
En Salas, los lugareños le dan una bienvenida de héroe. Pero, muy pronto, Daniel se empieza a incomodar. Pues, ve en sus compatriotas aquello que él ya ha dejado atrás tras emigrar al Primer Mundo: cursilería, ignorancia, tradicionalismo, clientelismo, corrupción, mediocridad. Con todo, los lugareños nunca pierden la humildad. Y, frente al creciente desencanto que exhibe Daniel, empiezan a ver en su héroe a un tipo arrogante que, en realidad, al cruzar el charco, despreció a sus raíces.
Un tipo trata de chantajear a Daniel para que lo favorezca en un concurso de pintura, pero cuando Daniel no cede al chantaje, el tipo se encarga de divulgar entre los lugareños aquellos trozos de las novelas de Daniel en los cuales los argentinos salen muy mal parados. El tipo constantemente lo acusa de haberse vendido a los europeos.
Pero, Daniel no es ningún vendido a los europeos. Es, sencillamente, un hombre que, estando en Europa, ha alcanzado a ver las carencias culturales que sufren los argentinos. Como es de esperarse, a ningún nacionalista le gusta que le digan que su país no es tan glorioso como él cree, y con su ego herido, se vuelve rencoroso. Así, las tensiones entre Daniel y los pueblerinos van creciendo, y al final, todo termina en tragedia, aunque no en fatalidad.
La película es un deleite, verdadera manifestación de la tragicomedia nacional argentina (y, muy consecuentemente, la película se alterna entre lo cómico y lo trágico). Argentina, el país que prometió mucho, pero que no alcanzó lo que se propuso. Argentina, el país más europeizado de América, pero que, extrañamente, en su empeño nacionalista termina por fracasar en su modernización. O, como se dice en la misma película, Argentina, el país que ha dado muchas glorias (Borges, Messi, el Papa, la reina de Holanda), pero que jamás llegó a tener un Premio Nobel de literatura.
Con todo, El ciudadano ilustre se cuida mucho de no caer en maniqueísmos, y de ningún modo presenta a un Daniel bueno vs. unos lugareños malos. Las cosas son más complejas. Los habitantes de Salas son buenas personas, pero lamentablemente, no tienen una mentalidad suficientemente preparada para el progreso. Por otra parte, Daniel es muy culto y moderno, pero no tiene la necesaria sensibilidad para manejar a sus compatriotas con guantes de seda y persuadirlos de que sean menos bárbaros.

Y, en ese sentido, El ciudadano ilustre es una brillante crítica por partida doble. Por una parte, critica el nacionalismo argentino que obstinadamente se tapa las orejas y no quiere escuchar lo que desde afuera se les dice. Pero, por la otra, critica a aquellos intelectuales que, desde Sarmiento, han querido modernizar a Argentina (y América Latina en general) a rajatabla; estos personajes, desconectados de las sensibilidades locales, terminan siendo muy torpes en su acometido. El ciudadano ilustre no propone ninguna solución en particular, pero con todo, es una gran película.