viernes, 24 de febrero de 2017

El fraude de "Los protocolos de los sabios de Sion"

En nuestros días, la mayor teoría conspiranoica sobre los judíos se suele basar en un libro de inicios del siglo XX, que se sigue imprimiendo en varios países, pero en especial, en el mundo árabe: Los protocolos de los sabios de Sion. El libro consta de las actas de un congreso de judíos que, según parece, se reunió secretamente a finales del siglo XIX. Esos judíos son los sabios de Sion; es decir, los representantes más poderosos de los judíos en todo el mundo. Sion es la montaña en Jerusalén donde, según la Biblia, Abraham se disponía a sacrificar a Isaac.
            En esa reunión, los sabios de Sion proponen un plan para dominar el mundo, a través de artimañas que, desde entonces, los conspiranoicos le han atribuido a los judíos. El libro consta de veinticuatro protocolos, pues supuestamente, hubo veinticuatro reuniones. Las cosas que los sabios de Sion proponen no son muy concretas; son más bien principios generalizados, pero imbuidos de mucho cinismo y frío cálculo perverso.

            Los sabios proponen infiltrar con su gente a las grandes organizaciones del mundo, para poder dominarlas tras las sombras. Es necesario apoderarse silenciosamente de los medios de comunicación, de forma tal que se puedan crear matrices de opinión. Para ello, se autoriza el pago de sobornos. También hay que sembrar discordias entre distintos grupos religiosos, nacionales y étnicos; si eso implica generar guerras, pues que así sea. Conviene sembrar la inmoralidad, el irrespeto a cualquier forma de autoridad, y destruir la institución de la familia. Hay que alentar revoluciones. Es necesario colocar altos impuestos, para que los propietarios protesten y se sientan despojados.
La intención de todo esto es generar un clima de zozobra, de forma tal que la población, desesperada ante el caos, acceda a que se presente como gobernante un “descendiente de la casa de David” (es decir, un judío), que aparezca como salvador. Una vez en el poder, este gobernante judíos mantendrá la paz mundial, pero utilizando técnicas invasivas de control y vigilancia.
            Los sabios de Sion también proponen alentar el pensamiento crítico, el materialismo y el racionalismo, a fin de destruir las religiones, y eventualmente, prohibir la vida religiosa. Ante el vacío moral que dejen las religiones, los sabios de Sion podrán rellenarlo con su poder. Para poder controlar a las masas, es necesario alentar a la población a que vigile y delate a sus vecinos. Los masones son buenos aliados en este propósito, pues a través de sus logias, se puede tener más influencia sobre los borregos.  
            Cabría esperar que, en un congreso, sean varios los que participen. Con todo, Los protocolos de los sabios de Sion es más bien como un discurso que una persona pronuncia, y en él, va enunciando todos los perversos pasos que tiene en mente para destruir el orden actual, y suplantarlo con una tiranía que pretende apoderarse del mundo.
            Una y otra vez se ha demostrado que este libro es un fraude, pero los conspiranoicos tercamente se empeñan en creer que son las actas de una reunión real, y que a lo largo del siglo XX, los judíos han cumplido a cabalidad su plan original.
            En los primeros años del siglo XX, Rusia era un hervidero de revolución. El zar Nicolás II encarnaba toda la tradición antisemita rusa de épocas anteriores. En la segunda mitad del siglo XIX, había habido varios pogromos (violentísimos ataques a comunidades judías), y en vista de que hubo un judío involucrado en el asesinato del zar Alejandro II en 1885, el poder zarista tenía una gran desconfianza con los judíos. Rusia, un país empobrecido, atrasado y opresor de su propia población, era un caldo de cultivo de revolucionarios de todo tipo.
            Pero, aun conservando las rancias estructuras políticas, Nicolás II tenía alguna disposición a hacer algunas reformas, y así, escuchaba los consejos de Sergei Witte, un moderado reformador liberal que se planteaba una parcial modernización de Rusia. En el gobierno zarista había muchas personas reaccionarias que resentían la influencia de Witte y su programa de reformas liberales, y así, concibieron un plan para acabar con su influencia política.
            El plan sería producir un falso documento en el cual, los judíos, supuestamente, planificaban la conquista del mundo. La intención no era propiamente alentar a las masas a atacar a los judíos en pogromos (como sí se había hecho muchas veces en el siglo XIX), sino más bien, persuadir al zar Nicolás II de que corría un enorme peligro si seguía escuchando a Witte.    
En 1897, Pyotr Rachkovski, el jefe de la policía secreta rusa, ordenó a uno de sus agentes en Francia a producir el documento en cuestión. El encargado de la redacción del texto fue Matvei Golovinski. No fue muy creativo; Golovinski tomó dos textos que ya existían, modificó ligeramente algunas cosas, y produjo así Los protocolos de los sabios de Sion, posiblemente en 1902. El primero de los textos en los que se basó Golovinski fue la novela Biarritz, de Hermann Goedsche, un autor alemán antisemita. En esa novela, hay un capítulo que narra cómo los representantes de las doce tribus de Israel (aparentemente Goedsche no sabía que las tribus del norte ya habían desaparecido con la deportación asiria) se reúnen en un cementerio en Praga cada cien años, para planificar la conquista del mundo, e invocar a Satanás para comunicarle sus planes.
El otro texto en el cual se basó Golovinski fue el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, del periodista francés Maurice Joly. Este texto, que se remonta a 1864, era una sátira política que Joly compuso en contra de Napoleón III, atribuyendo al nuevo emperador francés todos los trucos sucios de los que se vale un gobernante para mantenerse en el poder. Joly no atribuyó nada a los judíos, pero Golovinski tomó muchos pasajes de la obra de Joly, e introdujo menciones a los judíos, de forma tal que diera la impresión de que el texto procedía de los supuestos sabios de Sion.
Al principio, Los protocolos de los sabios de Sion circularon discretamente en la sociedad rusa. Aquella movida estaba muy bien calculada: la idea era crear la sensación de que ese perverso documento se había filtrado, pues los judíos habrían querido mantenerlo secretamente. Eventualmente, Sergius Nilius, un místico ruso que tenía cierta influencia en la corte de Nicolás II, hizo llegar el texto al zar.       
            El zar se alarmó. Paranoico ante lo que tramaban los judíos, Nicolás II dio difusión al texto, denunciando el perverso plan de los sabios de Sion, quienes estaban en alianza con los masones. Empezó así el mito de la conspiración judeomasónica que tanto obsesionó a Franco. En 1905, hubo una primera revolución en Rusia (no tuvo éxito en derrocar al zar), y frente a aquellos acontecimientos, Nicolás II se convenció aún más de la amenaza que representaban los judíos. A su juicio, todo lo que los sabios de Sion habían tramado, se estaba empezando a cumplir en la revuelta de 1905.
            Pero, en la propia Rusia había también un sano escepticismo. ¿Realmente los conspiradores generarían un texto así de burdo, que en realidad, no propone cosas concretas? Un reformador en la corte del zar, Pyotr Stolypin, ordenó una investigación sobre los Protocolos de los sabios de Sion, y concluyó firmemente que todo se tratada de un fraude. Nicolás II aceptó el dictamen de Stolypin, y sensatamente, se retractó. Pero, era demasiado tarde. Si bien la histeria colectiva en torno a los sabios de Sion menguó, en los sectores más reaccionarios de la sociedad rusa quedó la idea de que los judíos tramaban algo perverso.
            Cuando en 1917 estalló la revolución bolchevique, y se dio inicio a la guerra civil rusa, nuevamente apareció la conspiranoia en torno a Los protocolos de los sabios de Sion. En las mentes conspiranoicas, aquel caos era producto de una componenda de bolcheviques y judíos, y empezó así un nuevo mito, el de la conspiración judeobolchevique. Según esta teoría conspiranoica, los judíos no eran realmente revolucionarios, sino cínicos banqueros que financiaron a los bolcheviques con su mensaje revolucionario, para en realidad, finalmente hacerse con el poder en Rusia. El hecho de que algunos bolcheviques eran efectivamente judíos (en especial, Trotsky), reafirmaba las convicciones conspiranoicas.
            Los reaccionarios perdieron aquella guerra civil, y muchos emigraron como refugiados a Europa y EE.UU. Llevaron consigo su teoría conspiranoica sobre Los protocolos de los sabios de Sion. En los años posteriores a la revolución rusa, se tradujo el texto a varias lenguas, y hubo múltiples ediciones. Hitler era un firme creyente en su autenticidad, y explícitamente mencionó el libro en su infame autobiografía, Mi lucha. Cuando llegó al poder, se encargó de que el libro se enseñase en las escuelas. Buena parte del odio antisemita de Hitler estaba basado en Los protocolos de los sabios de Sion. Su decisión de acabar con los judíos del mundo en parte se debía a su creencia de que él debía actuar, antes de que los judíos conquistasen el mundo, tal como se lo habían propuesto hacer los sabios de Sion en su perversa reunión.
Además, Hitler estaba convencido, como muchos otros conspiranoicos alemanes de aquel momento, de que Alemania había sido traicionada en la Primera Guerra Mundial por los judíos. Es cierto que, en aquella guerra, las tropas enemigas nunca entraron en el territorio alemán; pero en realidad, Alemania no contaba con la capacidad militar o económica de seguir en la contienda. Con todo, casi de inmediato, surgió en Alemania la leyenda conspiranoica de la puñalada en la espalda, según la cual, los judíos alentaron la rendición alemana, a pesar de que se estaba ganando la guerra. Eso es históricamente falso. También Hitler pensaba que los judíos habían preparado el Tratado de Versalles, el cual imponía condiciones muy severas a Alemania como nación vencida en la guerra. De nuevo, no hay ningún sato histórico que sustenten estas teorías. Pero, la circulación de Los protocolos de los sabios de Sion parecía afirmar la convicción de que los judíos sí habían planificado todas esas cosas.    
            En EE.UU., Los protocolos de los sabios de Sion tuvieron también una difusión especial. Henry Ford, el famoso empresario y diseñador de automóviles, creó un periódico, el Dearborn independent. En el libro, se publicaban constantemente artículos antisemitas, y eventualmente, Ford fue publicando Los protocolos de los sabios de Sion en fragmentos. Luego, hizo una edición con un considerable número de ejemplares, y Ford se encargó de entregar gratuitamente un volumen a todo aquel que comprase sus automóviles.
            Ha habido muchas investigaciones periodísticas y documentales que demuestran la falsedad del libro. En Suiza, en 1933, hubo un juicio legal que dictaminó que Los protocolos de los sabios de Sion no son auténticos. Eso no ha impedido que hoy siga siendo un libro muy popular. En los países árabes, se sigue asumiendo su veracidad. Nasser, el dictador egipcio, continuamente hacía referencia a ellos, y en su país, hace algunos años hubo una serie televisiva dramatizando las reuniones de los sabios de Sion.
            En Occidente, los conspiranoicos tratan de ser un poco más racionales. Ellos admiten que Los protocolos de los sabios de Sion no son realmente las actas de un congreso judío secreto a inicios del siglo XX. Pero, tal como el conspiranoico racista David Duke explica, un texto no necesita ser literalmente verdadero, para expresar cosas más profundas. Duke dice que Romeo y Julieta, por ejemplo, no es una obra que represente a personajes reales, pero con todo, expresa importantes conceptos de amor. Pues bien, según Duke y otros conspiranoicos, Los protocolos de los sabios de Sion son falsos en el sentido de que nunca hubo una reunión secreta de judíos tal como se describe en el libro; pero no son falsos en todo sentido, pues sí existe una elite internacional judía que está haciendo cumplir muchas de las acciones propuestas en el libro. De hecho, cuando se hizo muy evidente que Los protocolos de los sabios de Sion no eran reales, Henry Ford pidió disculpas a los judíos, pero siguió insistiendo en que ellos planificaban la dominación del mundo.

            Más colorida es la teoría conspiranoica de David Icke. Según él, Los protocolos de los sabios de Sion son obra de algún judío que deliberadamente la plagió de textos anteriores, buscando desprestigiar a todo aquel que criticase a los judíos. Así pues, el texto en cuestión ciertamente es un fraude, pero es también una táctica deliberada para hacer creer que no existe un complot judío. La mente conspiranoica se vuelve un espiral, y da giros para crear dobles o triples teorías conspiranoicas.
            Los protocolos de los sabios de Sion están tan desprestigiados entre gente con talla intelectual, que ya ningún conspiranoico con algún rango académico se propone citarlos. Pero, hay formas más sutiles de repetir las mismas teorías conspiranoicas, manteniendo el decoro intelectual. Es lo que hacen aquellos que, desde las aulas universitarias, denuncian la supuesta amenaza del marxismo cultural.
            Marx, no cabe negarlo, quiso revolucionar a Europa. Pero, su preocupación era básicamente económica (y bastante comprensible en su contexto): aspiraba a una sociedad con menores niveles de desigualdad económica. En el siglo XX, surgió un grupo de intelectuales que formaron la llamada Escuela de Frankfurt, originaria de Alemania, pero que eventualmente se estableció en EEUU con mucha influencia. Ellos decían que para que la revolución marxista triunfase, había también que modificar algunas instituciones culturales sobre las cuales reposa el capitalismo; especialmente aquellas instituciones que alientan el consumismo (la publicidad, la educación, etc.) y restringen la sexualidad.
            Los conspiranoicos alegan que todo intento de transformación social y cultural, sea en instituciones como la familia (el matrimonio entre homosexuales, el aborto, la fertilización in vitro) o la educación (el laicismo en las escuelas, las pedagogías que relajen un poco la jerarquía profesoral), en realidad forma parte de un complot mundial para destruir a la civilización cristiana occidental. Según estos conspiranoicos, la Escuela de Frankfurt no constaba sencillamente de académicos que analizaban problemas sociales y ofrecían alternativas (muchas de las cuales, cabe admitir, eran tontas); era más bien un club de gente que odiaba a Occidente, y delinearon un plan deliberado para destruirlo, infiltrándose en esferas de influencia cultural (el cine, las universidades, las iglesias, etc.). El conspiranoico noruego Anders Breivik perpetró una matanza indiscriminada de inocentes en 2011, alegando que el marxismo cultural se proponía la destrucción de Europa.
            Los fundadores, y muchos representantes de esa Escuela de Frankfurt, eran en su mayoría judíos (Adorno, Horkheimer, Marcuse). Y así, algunos conspiranoicos repiten el mismo tema de siempre: el marxismo cultural es un complot judío para conquistar el mundo.
Kevin MacDonald es un conspiranoico que es profesor en una buena universidad norteamericana, escribe libros aparentemente serios, y tiene algún respeto académico. Él es quien más se ha encargado de decir que, desde el principio, los judíos tenían la intención de dominar el ámbito intelectual norteamericano, y utilizar esta plataforma para asegurar su poder. En opinión de MacDonald, la Escuela de Frankfurt, pues, no es el inocente club académico de discusión e investigación que aparenta ser. Los judíos vinieron a entender que, para dominar el mundo, no era tan importante apoderarse de la banca; el control de las universidades y la influencia cultural a través de sus teorías marxistas, sería la gran jugada para dominar el mundo.

Más aún, en la teoría de MacDonald, desde muy temprano, los judíos se plantearon esa estrategia de dominio, al aplicar entre ellos un programa de eugenesia. La eugenesia es el intento por preservar los mejores genes en una población. Según MacDonald, desde la propia antigüedad, los judíos se negaron a mezclarse con otras poblaciones, y en el seno de su propia población, se aseguraron de que los menos inteligentes no se reprodujeran. Así, fueron reteniendo una mayor proporción de genes para la inteligencia, y eventualmente, eso hizo que fueran el grupo étnico más inteligente del planeta. Con esa inteligencia producto de la eugenesia, nos dominan. A Golovinski no se le ocurrió incluir eso en Los protocolos de los sabios de Sion (es una idea demasiado sofisticada), pero a decir verdad, el alegato de MacDonald tiene el mismo calibre conspiranoico y antisemita.

lunes, 20 de febrero de 2017

La obsesión conspiranoica con los Rothschild

            En la Edad Media, a los judíos se les trató de degradar de muchas formas. En Alemania, fueron muy populares los judensau, imágenes de cerdos amamantando judíos. La imagen buscaba ser especialmente ofensiva, pues en la religión judía, el cerdo es un animal impuro. Hoy es raro ya encontrar este tipo de cosas entre los conspiranoicos antisemitas, aunque ocasionalmente, se encuentran personas simplonas que creen que, en efecto, los judíos tienen algunos rasgos porcinos.
            En nuestra época, no obstante, persiste un estereotipo antisemita medieval muy poderoso: los judíos son avaros que controlan y manipulan las finanzas. En la Edad Media, los gremios no aceptaban a los judíos como miembros. En la sociedad feudal medieval, la actividad más prestigiosa estaba asociada a la guerra, la agricultura y la artesanía, y en ninguna de ellas, los judíos tenían representación.

            Frente a esta discriminación, los judíos tuvieron que acudir al desempeño de labores que, por motivos religiosos, los cristianos no querían hacer. Así, se desempeñaron como banqueros. La Iglesia prohibía la usura. En principio, el judaísmo también prohíbe la usura, pero los judíos medievales favorecieron una lectura flexible de sus escrituras en este aspecto, y así, terminaron desempeñándose como prestamistas y banqueros.
            Esta circunstancia histórica permitió a algunos judíos crecer en poder monetario, aunque nunca propiamente en poder político, pues en la sociedad medieval precapitalista, tener mucho dinero no era garantía de tener poder político. A medida que los judíos se hacían acreedores, y muchos cristianos sus deudores, surgió el estereotipo del judío avaro e inescrupuloso que no trabaja y no produce nada, pero que se enriquece con la especulación financiera y la explotación de la gente honesta. Hay muchos ejemplos literarios de esto, pero quizás el más famoso es el personaje Shylock, en El mercader de Venecia, de Shakespeare, un judío tan avaro que, si no le pagan su deuda, está dispuesta a cobrar así sea la propia carne del cuerpo de su deudor.
            A medida que la revolución industrial avanzaba y el capitalismo se expandía, muchos anticapitalistas en Europa dirigían su mirada crítica contra los judíos. El propio Karl Marx, quien era descendiente de judíos, escribió un famoso libro, La cuestión judía, en el cual criticaba a los judíos de ser especuladores y enriquecerse a expensas del trabajo de los demás.
            A decir verdad, los judíos nunca fueron un poder financiero dominante en Europa. En casi todas las ciudades europeas, los judíos vivían arrinconados en los guetos, sin mucha posibilidad de prosperar económicamente. Pero, sí es cierto que en el siglo XIX, una familia judía originalmente empobrecida, alcanzó niveles impresionantes de riqueza: los Rothschild. En sus teorías, los conspiranoicos se deleitan con esta familia.
            El primer Rothschild de fama fue Mayer, oriundo de un barrio empobrecido de Frankfurt. Meyer hizo amistad con un noble, el landgrave Guillermo, a quien le ofrecía servicios de contabilidad. Según los conspiranoicos, en vista de que los ejércitos de Napoleón se acercaban, Guillermo dio a Mayer toda su fortuna, a fin de que la resguardara, enviándosela a uno de sus hijos en Londres (Mayer había enviado a sus hijos a establecerse en varias capitales europeas). Esto es falso. Guillermo sólo dio a Mayer unos documentos importantes, pero sin valor económico.
            Con todo, sí es cierto que los Rothschild cultivaron una fortuna, a partir del cobro de comisiones que ganaban por la administración de los fondos de Guillermo. Según otra teoría conspiranoica muy difundida, los Rothschild hicieron su gran fortuna con una gran manipulación financiera. En Londres, habían invertido en los bonos de la guerra del ejército británico que se enfrentaba a Napoleón. Supuestamente, el propio Nathan Rothschild (hijo de Mayer) estuvo presente en la batalla de Waterloo, y al conocer su resultado, viajó a toda prisa a Londres. Ahí, antes de que llegaran las noticias oficiales de lo ocurrido en Waterloo, vendió sus bonos, con la expectativa de hacerle creer a los otros brokers de la bolsa de Londres, que esos bonos se devaluarían. En efecto, los otros brokers vendieron sus bonos a un precio muy barato, y Nathan inmediatamente los compró. Cuando llegaron las noticias de Waterloo, esos precios se revalorizaron, y así, los Rothschild consiguieron la enorme fortuna que persiste hasta hoy.
            Esta historia es una verdad a medias. La historia se remonta a un panfleto propagandístico antisemita de 1846, de muy escasa credibilidad. Es cierto que Rothschild tuvo un conocimiento anticipado del resultado de Waterloo debido a la comunicación con algún mensajero privado, y compró bonos que luego se revalorizaron tremendamente. Pero, es falso que él mismo estuviera en Waterloo; también es falso que él vendiera sus bonos para hacer creer a los otros brokers que los ejércitos británicos habían sido derrotados.
            Los conspiranoicos alegan que los Rothschild han financiado todas las guerras desde Napoleón, tanto a los perdedores como a los ganadores. La teoría es contradictoria: ¿no dicen los propios conspiranoicos que los Rothschild consiguieron su fortuna después de la batalla de Waterloo (la última de Napoleón)?
            Ciertamente, los Rothschild participaron en prácticas que hoy, sobre todo en la izquierda, mucha gente consideraría moralmente repugnantes. Pero, los Rothschild fueron apenas una entre muchas familias que, en el siglo XIX, forjaron el capitalismo, en ausencia de regulaciones estatales. Es cierto que, en algún momento, llegaron a ser la familia más rica de Europa. Pero, ya para la Primera Guerra Mundial, los Rothschild habían dejado de ser la dinastía de magnates que habían sido en décadas previas. Y, además, para mediados del siglo XX, los Rothschild ya habían dejado de ser una familia propiamente unificada, pues había cientos de descendientes dispersos en actividades laborales de muy diversa índole.
            Algunos conspiranoicos acusan a los Rothschild de haber financiado el ascenso de Hitler. Nunca queda claro qué ganarían los Rothschild con haber financiado el ascenso de un dictador que confiscó las propiedades de los propios Rothschild en Austria, y que éstos nunca lograron recuperar. En fechas más recientes, se ha dicho que el abuelo de Hitler era un Rothschild, y de ahí viene el interés de los magnates judíos en financiar al dictador. Algunos historiadores serios han planteado la posibilidad de que Hitler sí tuviera algún ancestro judío, pero no los Rothschild. El padre de Adolf Hitler, Alois, era un hijo ilegítimo. Y, en vista de que, por encima de él, no se conoce su línea genealógica, eso permite a los conspiranoicos especular sobre el supuesto parentesco con los Rothschild. No hay absolutamente ninguna evidencia que respalde este alegato.
También los conspiranoicos acusan a los Rothschild de haber financiado el sionismo y la creación del Estado de Israel. De nuevo, no hay evidencia de esto. Más bien, el propio padre fundador del sionismo, Theodor Herzl, era un socialista que no mostraba muchas simpatías por los Rothschild y sus enormes riquezas. Y, los Rothschild nunca fueron especialmente religiosos, ni tampoco eran muy celosos de su identidad étnica judía. Varios de los descendientes de los Rothschild se casaron con cristianas, y casi ninguno tuvo interés en el sionismo.
A Nathan Rotschild se le atribuye una frase que los conspiranoicos se toman muy en serio: “No me importa cuál títere se coloque en el trono de Inglaterra para gobernar el imperio donde el sol nunca se pone. Quien controle la oferta monetaria de Gran Bretaña controla el imperio británico, y yo controlo la oferta monetaria británica”. A partir de eso, los conspiranoicos alegan que los Rothschild controlan la banca internacional, y ellos son quienes realmente gobiernan el mundo tras las sombras del poder. Ellos son los que deciden las tasas de interés y el tamaño de la masa monetaria en casi todos los países del mundo, y con eso, nos controlan. Desde el siglo XIX, ha habido caricaturas de algún Rothschild (o de algún judío no especificado) como un pulpo, cuyos tentáculos cubren el globo terráqueo.
Lo cierto es que Nathan Rothschild nunca pronunció esa frase. La frase en cuestión es una distorsión malintencionada de un comentario mucho más moderado y parco que aparentemente hizo Rothschild: “dadme el control de la oferta monetaria de un país, y no me importará quién haga las leyes”. En realidad, ni siquiera es seguro que Rothschild pronunciara esa frase, pues es una cita indirecta de alguien que, supuestamente, se la escuchó decir.
Ciertamente, al considerar las proporciones, los judíos tienen más representación en el poder financiero que otros grupos étnicos o religiosos. Pero, eso está muy lejos de cómo presentan las cosas los conspiranoicos. Casi todos los países del mundo tienen bancos centrales nacionalizados, cuyas decisiones (entre ellas, el tamaño de la masa monetaria), a la larga, son tomadas por los propios gobiernos. En algunos países, los banqueros privados pueden formar parte del comité que toma decisiones respecto a los bancos centrales. Los Rothschild han participado en algunos de estos comités, pero nunca mayoritariamente.

Los Rothschild hicieron fortuna en Europa el siglo XIX. El fundador de la dinastía, Mayer, se aseguró de que sus hijos se establecieran en varias ciudades europeas. Pero, los Rothschild nunca se establecieron en EE.UU. A medida que el poder financiero internacional giró hacia EE.UU., los Rothschild fueron perdiendo poder monetario, y hoy son un clan privilegiado, pero de ningún modo están al nivel de Bill Gates o Carlos Slim.

La revista Forbes, que suele publicar listas de las personas más ricas del mundo, sólo ha incluido ocasionalmente a algún Rothschild. Como es de esperar, frente a esto, algún conspiranoico siempre saca el argumento ad hoc: los Rothschild están en componenda con Forbes para que no hagan pública su fortuna. Así, una vez más, para el conspiranoico, la ausencia de evidencia es evidencia en sí misma. Lo cierto es que, si no fuera por el hecho de que son judíos, seguramente los conspiranoicos no se fijaran en los Rothschild, pues dejaron de ser influyentes hace mucho tiempo ya. La obsesión conspiranoica con esta familia en buena medida no es más que una continuidad de los estereotipos antisemitas que se han cultivado desde la Edad Media.

domingo, 19 de febrero de 2017

La logia P2 y sus conspiraciones

En medio de tanta teoría conspiranoica sobre los masones, ¿es posible separar el trigo de la paja? ¿Habrá alguna conspiración masónica que sí sea real? Sí; pero sólo a medias.
            La masonería italiana creó una logia en 1877, bajo el título de Propaganda Due, o como suele llamársele, P2. La logia funcionó como cualquier otra, pero resultó inevitable que, estando alojada en Italia, hacia la década de 1970 se involucrase en actividades fraudulentas asociadas al crimen organizado, uno de los grandes males de la nación italiana.
            La masonería siempre ha promovido el cultivo de virtudes cívicas, y así, los cabecillas de la masonería italiana empezaron a ver con preocupación la asociación de P2 con actividades criminales. Licio Gelli, un mafioso, logró convertirse en el gran maestre de esa logia, y empezó a organizarla más como una pandilla de delincuentes, y menos como el club democrático que suelen ser las logias. Gelli no estaba interesado en las relaciones democráticas típicas de la masonería, y dirigía su logia como un gángster, a quienes los demás miembros tenían que rendirle pleitesía.

            En 1976, la autoridad central de la masonería italiana, el Gran Oriente de Italia, suprimió P2. Pero, Gelli seguía reuniéndose con los miembros de su logia, usando los ritos típicos de la masonería. Y así, aun si esa agrupación había dejado de contar con el aval del resto de los masones, se hacía llamar a sí misma masónica, y la opinión pública así la percibía. Los medios de comunicación vinculaban a la masonería con todas las actividades escabrosas que P2 hacía, a pesar de que, vale insistir, desde 1976, el Gran Oriente de Italia había retirado su afiliación a ese grupo.
            Bajo la conducción de Gelli, P2 hizo negocios con la mafia y con el Vaticano. Uno de sus secuaces, Roberto Calvi, estuvo involucrado en el Banco Ambrosiano, con conexiones con el Banco Vaticano. El banco en cuestión sirvió para el lavado de dinero de muchos mafiosos, y participaba también en operaciones riesgosas. Al final, colapsó. Calvi huyó de Italia, pero en 1982 apareció colgado muerto bajo un puente en Londres, con ladrillos en sus bolsillos. Esta macabra circunstancia levantó el rumor de que la masonería lo había asesinado, por la revelación de algún secreto ritual. A pesar de que el crimen generó mucha especulación sobre intrigas, y los detectives tardaron en resolverlo, se determinó que los responsables de la muerte de Calvi fueron personajes de la mafia italiana. Obviamente, ante el fiasco del Banco Ambriosano, Calvi tenía deudas pendientes con algunos de sus compañeros en el mundo criminal. Pero, en vez de admitir que se trataba de un crimen relacionado con la mafia, la prensa volvía a la antigua obsesión con los masones y sus secretos.
            P2 también tramaba una conspiración para hacerse con el poder en Italia. Recurrentemente se ha acusado a la masonería de sembrar la cizaña para hacer revoluciones que, como la francesa, van contra los poderes tradicionales. En ese sentido, en la mente conspiranoica, los masones tradicionalmente han estado más asociados a la izquierda, que a la derecha. Pero, el complot de P2 era de extrema derecha: la larga lista de conspiradores constaba de personajes prominentes de la derecha y la extrema derecha italiana (entre ellos Silvio Berlusconi), y su plan de acción, tal como aparecía detallado en documentos que se encontraron ras una redada policial, contemplaba medidas fascistas.

            Al final, el escándalo se destapó y el gobierno italiano de turno colapsó (pues, aparentemente, estaba masivamente infiltrado por miembros de P2) . Aquello era un grupo de conspiradores fascistas que usurparon el nombre y los ritos de la masonería, aun cuando el resto de los masones en Italia habían condenado duramente las actividades criminales de P2, y los habían expulsado de la masonería. La conspiración de P2, pues, no era verdaderamente masónica. Pero, tras casi tres siglos de teorías conspiranoicas, es difícil lavar la reputación de la masonería frente a la opinión pública.

La masonería en las revoluciones francesa e hispanoamericana

           Algunos conspiranoicos insisten en que la revolución francesa fue un plan preconcebido y orquestado por la masonería, y que sin ella, no se hubiese derramado tanta sangre. No cabe negarlo: algunas importantes figuras de la revolución francesa, eran masones. El revolucionario que dirigió la turba hacia la Bastilla en 1789, Camille Desmoulins, era un masón. El que asumió el liderazgo de aquellos primeros movimientos revolucionarios, el marqués de Lafayette, había sido iniciado en la logia Nueve Hermanas, de la masonería francesa.
            Y, a medida que la revolución se hacía más sangrienta, fueron cobrando protagonismo aún otros personajes que también eran masones. Jean Paul Marat, el periodista que desde su apartamento (no salía a la calle porque sufría una enfermedad en la piel) escribía editoriales incendiarios que alentaban a la salvaje persecución de la disidencia, era masón. Un aristócrata convertido en revolucionario, el duque Luis Felipe de Orleans, condujo decididamente a la opinión pública a favor de la ejecución de su propio primo, el rey Luis XVI; Luis Felipe era también masón (aunque luego renunció a la masonería).

            Desde 1793, empezó aquello que vino a llamarse el reinado de terror, con ejecuciones diarias de supuestos contrarrevolucionarios en Francia. Estas ejecuciones se hacían con la guillotina, una nueva máquina que supuestamente aliviaría el dolor de los ejecutados. El inventor de la guillotina era Joseph Ignace Guillotin, también masón. Incluso la canción revolucionaria por antonomasia, La marsellesa (que se convertiría en el himno nacional francés hasta nuestros días), fue compuesta por un masón, Rouget de Lisle.
            Pero, los conspiranoicos se equivocan en decir que la revolución francesa fue un complot masónico. Alegar que aquellos eventos ocurrieron sólo porque un pequeño grupo de conspiradores los alentó, es trivializar el profundo clima de insatisfacción social que se vivía en la Francia del siglo XVIII. La revolución francesa tuvo excesos, y corrió mucha sangre innecesariamente. Pero, fue un auténtico movimiento popular, producto de siglos de opresión; de ningún modo se necesitaba la incitación de una sociedad secreta que, además, si bien fue simpatizante de las ideas ilustradas, fue bastante defensora del status quo, y trató lo más que pudo de mantenerse al margen de la política.
            Sí, algunos de los líderes de la revolución francesa fueron masones. ¿Y? Eso de ningún modo implica que la masonería tuvo un macabro plan para sembrar el caos en Francia. Algunos pedófilos son curas católicos. ¿Implica eso que la Iglesia tiene un plan preconcebido para pervertir sexualmente a la humanidad? Por supuesto que no. Del mismo modo, el hecho de que algunos revolucionarios sedientos de sangre fueran masones no implica que la masonería era la encargada de promover el terror. Robespierre, la figura más asociada con los abusos de la revolución francesa, no era masón.
            Además, en la masonería había mucha gente contrarrevolucionaria. Uno de los más furibundos opositores intelectuales a la revolución francesa, el reaccionario Joseph de Maistre, era masón (por lo demás, resulta extraño que Maistre, un tipo más papista que el Papa, se hiciera masón, teniendo en cuenta que ya desde 1738, Clemente XII había prohibido a los católicos pertenecer a logias).
La masonería tuvo representación en los verdugos durante el reinado del terror, pero también tuvo representación en las víctimas.  Si bien la masonería defendía principios democráticos en el interior de sus logias, era básicamente una asociación de aristócratas. Aquellos aristócratas que querían unirse a la revolución, renunciaron a la masonería, precisamente porque había una asociación entre aristocracia y masonería; Luis Felipe (el mismo que incitó la ejecución de Luis XVI) fue uno de ellos. Cuesta mucho creer que los masones planificaron con mucha anticipación la revolución francesa, si este movimiento desembocó en la muerte de muchos masones aristócratas. La masonería tenía mucho que perder.
Con Napoleón, los conspiranoicos siguieron insistiendo en que la masonería movía los hilos del poder en Francia. Napoleón no fue masón, pero sí lo fueron algunos de sus más cercanos colaboradores: sus hermanos José, Luis, Luciano y Jerónimo (todos ellos fungieron como reyes impuestos por Napoleón en varios países europeos), así como su cuñado Murat (uno de sus más fieles mariscales). De nuevo, los conspiranoicos ven algunos puntos, y se apresuran a conectarlos. La mera circunstancia de que en el bonapartismo hubiera masones no es evidencia de que la masonería controlaba a Napoleón. Es como acusar al vegetarianismo de estar tras el III Reich, por el mero hecho de que Hitler era vegetariano. La mayor némesis de Napoleón, el duque de Wellington, fue masón. Pero, en su empeño de pintar un mundo blanco y negro, de masones vs. antimasones, los conspiranoicos prefieren colocar a Wellington debajo de la alfombra.
También se atribuye a la masonería estar tras el colapso del imperio español en América, que en buena medida empezó con la invasión napoleónica a España. De nuevo, los conspiranoicos exageran. Sí, es cierto, hubo una logia masónica, la Lautaro, que se fundó en Cádiz en 1812, se trasladó a América, y a ella pertenecieron varios promotores de la independencia hispanoamericana, tales como Miranda, O’Higgins, San Martín, Sucre y Bolívar. ¿Es eso evidencia de un complot masónico? De nuevo, no. Hubo realistas masones, como por ejemplo, el general Morillo, que combatió contra Bolívar duramente en Venezuela. Si, como dicen los conspiranoicos, un masón antepone la fidelidad a la masonería por encima de cualquier otra cosa, entonces Bolívar nunca hubiese traicionado a Miranda, pero con todo, Bolívar sí terminó entregando a Miranda a los españoles. Y además, cuando Bolívar se convirtió en dictador de Colombia en 1828, una de sus primeras órdenes fue suprimir las sociedades secretas. ¿Haría tal cosa una persona cuya principal motivación es defender a la masonería?
Pero, en todo caso, aun suponiendo que el colapso del imperio español sí fue obra de la masonería, ¿dónde está lo objetable? ¿Acaso no es elogiable oponerse al imperialismo? Los nacionalistas españoles de inspiración franquista, en su obsesión contra la masonería, la acusan de haber sembrado la cizaña en América para separarse de la Madre Patria. Pero eso es trivializar las terribles condiciones de opresión que existían en el imperio español. No fue necesaria la intervención de la masonería para que los americanos, hastiados del absolutismo y el colonialismo mercantilista, se rebelaran contra la monarquía. Como en la revolución francesa, cabe admitir que hubo atrocidades, y corrió más sangre de lo necesario. Pero, reducir la independencia americana a un simple complot masón, es ignorar tres siglos de abusos coloniales.
Sí, las banderas nacionales de Cuba y Puerto Rico incorporan símbolos masones, porque quien las diseñó, Narciso López, era masón. A diferencia de lo que se dice sobre el sello de EE.UU. en el billete de dólar, para esto sí hay más pruebas. ¿Y qué? ¿El hecho de que la bandera cubana tenga un diseño masón implica que Cuba nunca debió independizarse? ¿Acaso que Narciso López formase parte de la masonería esconde el hecho de que en Cuba había esclavitud y el imperio español llevó a cabo una atroz campaña militar de represión en la isla, a cargo del general Valeriano Weyler? ¿No merecían los cubanos la independencia ante semejantes atropellos?

En fin, como complemento de sus delirios sobre la revolución francesa, Napoleón, y la debilidad de España, los conspiranoicos siguen sosteniendo que, en el escenario internacional, España es subordinada de Francia, debido a la influencia masónica. Supuestamente, desde Napoleón, los políticos franceses han usado la masonería para controlar a otros países. Este alegato conspiranoico se formula especialmente en relación a África: según una nueva teoría conspiranoica, Francia renunció a sus colonias en el llamado continente negro, pero se aseguró de que los nuevos jefes de Estado se iniciaran en la masonería, y así, pudieran ser controlados por el lobby masónico francés que silenciosamente exporta su republicanismo laicista.

Ciertamente podemos acusar a Francia de tener prácticas neocoloniales en África. Pero, ¿dónde está lo objetable en el republicanismo y el laicismo? Y, más aún, ¿qué evidencia hay para alegar que los líderes africanos son títeres de la masonería francesa? Ninguna. La conspiranoia de Augustin Barruel, y sus alegatos sobre la continuidad de los templarios en la masonería, es hoy a todas luces risible. Pero, lamentablemente, hoy persisten comentaristas que, con un barniz de seriedad, formulan nuevas versiones de sus teorías conspiranoicas. Como las del jesuita conspiranoico del siglo XVIII, estas teorías no tienen ningún asidero. Pero, tristemente, mucha gente las sigue creyendo. Urge cultivar el pensamiento crítico para refutarlas.

Los masones y la revolución norteamericana

En las logias masónicas está prohibido hablar de religión o política (excepto en una rama francesa más reciente). Pero, eso no ha impedido que los detractores de la masonería la acusen de promover cultos paganos o satánicos. Pues bien, lo mismo ocurre con la política: en la imaginación conspiranoica, los masones han estado de varias revoluciones en la historia moderna.
Se ha acusado a los masones de haber orquestado la revolución norteamericana. En vista de que esta revolución resultó bastante exitosa, y hoy los historiadores la juzgan muy positivamente, los masones norteamericanos quisieron aprovechar aquella circunstancia histórica para anotarse un triunfo, y así, los propios masones han contribuido al mito de que la revolución norteamericana fue obra de la masonería. Pero, la verdad histórica es que hubo masones tanto en el lado independentista como en el lado monárquico, y la masonería como tal tuvo poco que ver con el desarrollo de esa revolución.

Es cierto que varios de los llamados padres fundadores de EE.UU. fueron masones. De los cincuenta y seis firmantes de la Declaración de independencia de los EE.UU., se sabe con seguridad que ocho fueron masones, y veinticuatro más también pudieron haberlo sido. El jefe militar de los ejércitos revolucionarios, George Washington, fue masón y alcanzó el grado de maestro. Benjamin Franklin, otro ilustre de la revolución norteamericana, también fue masón.
Es una exageración decir que aquel movimiento estuvo controlado por la masonería. Ciertamente, los ideales democráticos que motivaron a la revolución norteamericana, estaban presentes en las reuniones en las logias. Cuando se entra en una logia, las jerarquías convencionales de la sociedad desaparecen, y el aristócrata se sienta junto al comunero. Pero, la masonería fue apenas una de muchísimas otras influencias en un proceso tan complejo como la revolución norteamericana. El rey Jorge III se quejó de que aquella revolución fue lanzada por presbiterianos, no por masones.
Se ha querido asociar la masonería con uno de los eventos más importantes de la revolución norteamericana, la fiesta del té en Boston. En vista del abusivo impuesto a la importación al te que imponía la corona británica, en 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios subieron a los barcos anclados en Boston, y tiraron al mar el té almacenado. Aquello fue eventualmente un detonante de la revolución norteamericana. Según la leyenda, esos hombres eran todos masones, pues antes de ir al muelle de Boston, habían estado en una taberna que albergaba a la logia masónica de Saint Andrew. Pero, lo cierto es que esa misma taberna también albergaba las reuniones de los Hijos de la Libertad, una organización revolucionaria que nada tenía que ver con la masonería. Es mucho más probable que los iniciadores de la fiesta del té formaran parte de esa organización revolucionaria.
Los revolucionarios norteamericanos crearon una nueva nación, que como cualquier otra, requirió símbolos. Los conspiranoicos se deleitan con supuestas pistas masónicas en los símbolos nacionales norteamericanos. Así, frecuentemente se dice que el escudo nacional en el reverso del billete de un dólar, es prueba de que la masonería controló la revolución norteamericana.
El escudo consta de una pirámide no finalizada, de trece niveles. Y, encima de ella, un triángulo con un ojo adentro. Debajo, está la inscripción Novus Ordo Seclorum. El ojo encerrado en un objeto (llamado a veces el ojo de la providencia) ciertamente es un símbolo a veces empleado por la masonería. Representa al Gran Arquitecto del Universo, que todo lo ve y siempre vigila nuestra conducta. Pero, de ningún se trata de un símbolo de origen masón. El símbolo en cuestión ya existía en el Renacimiento, mucho antes de que surgiera la masonería especulativa. El uso del triángulo es más bien de origen cristiano, en tanto representa a la Trinidad.
La pirámide representa la fortaleza de la nueva nación, y no está finalizada, porque representa lo que aún queda por construir en EE.UU. Tiene trece niveles porque representa las trece colonias norteamericanas originales que se rebelaron contra la corona británica. No tiene ningún simbolismo especialmente asociado con la masonería.
La inscripción Novus Ordo Seclorum quiere decir Nuevo orden de los siglos (una frase inspirada en un pasaje de Virgilio), es decir, una nueva etapa histórica a partir de la revolución. Algunos conspiranoicos quieren atribuir a la masonería estar detrás de aquello que ellos llaman el Nuevo orden mundial (supuestamente, un régimen internacional controlado por una élite), y así, creen que la inscripción en el escudo nacional estadounidense los delata. Desgraciadamente, esos conspiranoicos no saben traducir una frase latina muy básica.   
 En todo caso, la comisión que se organizó para diseñar el escudo norteamericano, estuvo conformada por Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, John Adams y Pierre Du Simitiere. De los cuatro, el único masón era Franklin. Y, Franklin propuso como escudo una imagen del paso de los israelitas por el Mar Rojo, y el faraón ahogándose. Obviamente, su diseño no fue seleccionado. Los diseños que sí fueron seleccionados, pues, vienen de gente que no estaba en la masonería.
Los conspiranoicos no desaprovechan la ocasión de la revolución norteamericana, para una vez más, acusar a los masones de ser un culto satánico. Según una teoría conspiranoica muy difundida, el patrón arquitectónico de las principales avenidas de la ciudad de Washington, están en forma de pentagrama invertido, y éste es un símbolo satánico por excelencia. El gobierno norteamericano, pues, es diabólico.
Ciertamente, ese patrón arquitectónico existe; pero tras ello no hay ninguna conspiración masónica satánica. El modelo arquitectónico de Washington obedeció a las condiciones topográficas del terreno donde se construyó la ciudad. El revolucionario que más activamente promovió ese diseño, Thomas Jefferson, no era masón. Además, el pentagrama invertido no es originalmente un símbolo satánico. La asociación entre el satanismo y este símbolo es reciente: si bien data de círculos ocultistas de finales del siglo XIX (más de cien años después de la revolución norteamericana), fue popularizado por el satanista Anton LaVey en la década de 1970 (y, vale añadir, el movimiento de LaVey no era propiamente un culto a Satanás como principio del mal, sino más bien, un mero símbolo de autosuficiencia). Los padres fundadores de EE.UU. jamás hubieran tenido noción de las connotaciones satánicas del pentagrama invertido.

En todo caso, aun suponiendo que algún arquitecto logró introducir ocultamente un diseño satánico a la ciudad de Washington, ¿cuál es la relevancia actual de eso?, ¿acaso esa extraña circunstancia probaría que el gobierno norteamericano actual rinde culto al diablo? Podemos denunciar a viva voz todos los abusos que el Tío Sam ha cometido, pero, ¿qué necesidad hay de inventar una teoría conspiranoica que, a la larga, termina por desprestigiar a los propios críticos del gobierno norteamericano?

Los conspiranoicos también acusan a los masones de estar detrás del diseño de uno de los monumentos más emblemáticos de Washington, el obelisco. Vale recordar que una de las más persistentes acusaciones lanzadas contra los masones es su supuesto origen en los cultos de Egipto, algo que algunos propios masones, como Albert Pike, se encargaron también de propagar. En tanto el obelisco es un símbolo de origen egipcio, resultó inevitable que los conspiranoicos dijeran que el obelisco de Washington es obra de la masonería y sus prácticas de ocultismo. Tonterías. El obelisco está en Washington, sencillamente porque, en el siglo XIX, en Europa y América había una fascinación con todo lo que fuese egipcio, especialmente a partir del descubrimiento de la piedra Rosetta en 1804 (los planos del obelisco en Washington se diseñaron en 1836). 

La obsesión con los illuminati

En un infame libro conspiranoico, el abad Augustin Barruel no sólo afirmó que la revolución francesa fue obra exclusiva de la masonería, sino que además, los masones eran en realidad los illuminati, otra sociedad secreta que ha dado mucho de qué hablar, y que frecuentemente aparece en los delirios conspiranoicos.
            Los illuminati se fundaron en Baviera, en 1776, por un tal Adam Weishaupt, un intelectual descontento con la sociedad europea. Lo mismo que los masones, Weishaupt estaba empapado de la filosofía ilustrada del siglo XVIII, pero a diferencia de los masones (que, en líneas generales, eran más favorables al status quo), se fue radicalizando. Así, Weishaupt organizó una sociedad secreta de iluminados, cuyo propósito sería conspirar contra las monarquías europeas, y finalmente, establecer un orden republicano de gran alcance. En sus planes (muchos de los cuales eran absolutamente inverosímiles), Weishaupt tenía la intención de unir a Europa en una gran república, que él vino a llamar el Nuevo orden mundial. Desde entonces, este término ha calado bien entre los conspiranoicos, sobre todo para designar proyectos internacionales de integración política, tales como la Organización de Naciones Unidas, o la Unión Europea.

            Al principio, Weishaupt consiguió varios adeptos, y fue extendiendo su influencia en varias ciudades europeas. Weishaupt no era masón, pero incorporó a su sociedad secreta algunos de los ritos masónicos para iniciar a sus miembros. Quizás como táctica proselitista, Weishaupt prometió a sus adeptos iniciarlos en secretos del ocultismo, y para ello, se valió de la cooperación de un tal Adolf Francis, barón de Von Knigge, que tenía intereses en las artes ocultas. Los intereses de Weishaupt eran meramente políticos, pero el barón Von Knigge se encargó de imbuir a los illuminati con misticismo y ceremonias elaboradas.
            No obstante, pronto surgieron algunas rencillas entre ellos, y el barón Von Knigge se retiró de los illuminati. Algunos miembros, que estaban más interesados en el ocultismo que en la agitación política, se desencantaron con Weishaupt, y finalmente, denunciaron ante las autoridades bávaras la existencia de esa sociedad secreta que conspiraba contra las monarquías. En 1784, el duque de Baviera, Carlos Teodoro, se anticipó ante esa amenaza, prohibió las sociedades secretas, y desmanteló a los illuminati. Weishaupt y otros se fueron al exilio, y nunca más se supo de los illuminati. Cabe presumir que dejaron de existir en el siglo XVIII.
            Pero, como cabría esperar, los conspiranoicos creen que, en realidad, la sociedad illuminati está viva y coleando, trama la dominación del mundo, y construye secretamente el Nuevo orden mundial. Parte de estos alegatos conspiranoicos se basan en el hecho de que los illuminati se llegaron a infiltrar en varias logias masónicas, a fin de despistar a las autoridades y evadir sospechas. También lo hicieron para influir a aristócratas masones, y a través de ellos, tratar de mover los hilos del poder. Sus actividades subversivas se hacían dentro de la masonería, y pretendían conformar algo así como una muñeca rusa: una sociedad secreta dentro de otra sociedad secreta. Algunos conspiranoicos opinan que, en la actualidad, quienes realmente controlan a la masonería son los illuminati.
            En 1789, Cagliostro, un embaucador italiano que había alcanzado influencia en varios círculos aristocráticos europeos con sus embustes, fue apresado en Roma por la Inquisición, debido a varios fraudes (la mayoría de ellos relacionados con el ocultismo). Cagliostro era masón, y confesó a sus interrogadores que los illuminati dominaban la masonería, y que estaban preparándose para destruir a las monarquías y el papado. Algunas autoridades se tomaron en serio su confesión, sin tener en cuenta que este hombre no era de fiar, y que precisamente se había ordenado su captura debido a su larga carrera de embustes y fraudes.
No es del todo falso que hubo una asociación entre los illuminati y los masones. Pero, los propios masones no tardaron en descubrir que su propia sociedad secreta estaba infiltrada por gente subversiva. Rápidamente las logias masónicas intentaron expulsar a los illuminati infiltrados en la masonería. No tuvieron éxito del todo, hasta que en 1784, el duque Carlos Teodoro definitivamente desmanteló a los illuminati. Para el momento en que Cagliostro daba testimonio, ya los illuminati no existían. Quizás algún miembro original de los illuminati quedó en las filas de la masonería, pero visto en retrospectiva, es bastante evidente que la sociedad de los illuminati no sobrevivió a la persecución de Carlos Teodoro, pues desde 1784, ya no hay noticias sobre ellos. Con todo, ya el daño estaba hecho, y surgió una de las grandes obsesiones conspiranoicas que perdura hasta nuestros días. El propio George Washington (quien era masón), estaba obsesionado con la influencia perversa y escurridiza de los illuminati en la masonería y los nacientes EE.UU, y siempre se sospechó que Thomas Jefferson (que no era masón) era uno de los illuminati. Augustin Barruel los acusó de ser los artífices de la revolución francesa, aun cuando, vale insistir, ya para ese momento no existían.
A pesar de que la idea de que los illuminati mueven los hilos del poder, siempre estuvo en las mentes conspiranoicas, la obsesión con ellos vio un renacer en la segunda mitad del siglo XX, a raíz de Illuminatus, una trilogía de novelas escritas por Robert Shea y Robert Anton Wilson. En esas novelas, se narra que Adam Weishaupt fue a EE.UU., mató a George Washington, y usurpó su identidad. Bajo esta teoría, entonces, los illuminati gobernaron EE.UU. desde sus inicios, pues Weishaupt (usurpando la identidad de Washington) se aseguró de establecer instituciones para que perdurara el control de los illuminati. En la revolución norteamericana, Washington había luchado junto al francés marqués de Lafayette (que también era masón), y luego Lafayette volvió a Francia para dar inicio a la revolución francesa. Según esta teoría conspiranoica, en ese ínterin entre la revolución norteamericana y la francesa, Weishaupt había ya asesinado a Washington, y así, cuando Lafayette llegó a Francia, estaba controlado por los illuminati. La revolución francesa, pues, fue hija de los illuminati.
La teoría se basa en el hecho de que, en efecto, hay algún parecido físico en los retratos de Weishaupt y Washington. Pero obviamente, eso está muy lejos de ser evidencia firme para respaldar una teoría tan aventurada. Es posible que los propios autores de la series Illuminatus no hubieran inventado esta historia, sino que la recogieron del folklore conspiranoico. Pero, lo cierto es que Shea y Wilson escribieron sus novelas con una clara intención satírica. Los autores buscaban burlarse de la paranoia que caracteriza a la sociedad norteamericana. Como ha ocurrido muchas veces con las sátiras, no obstante, muchos lectores no entendieron, y así, al final terminaron por asumir seriamente que, en efecto, Weishaupt había matado a Washington.   

Hoy algunos grupos se autoproclaman como los herederos directos e ininterrumpidos de los illuminati, pero históricamente, sus pretensiones no se sostienen. Por supuesto, el conspiranoico cree que el hecho de que no tengamos noticias sobre los illuminati, es precisamente evidencia de que esta sociedad secreta existe y trama algo perverso. Pero, pensar de esa forma es ridículo.

Los disparates del anglo israelismo

Desde muy temprano en la historia de las teorías conspiranoicas, a los judíos se les ha acusado de ser impostores, matar a Dios, comer niños, envenenar pozos, profanar la hostia, manipular la economía, hacer revoluciones, fingir genocidios, controlar Hollywood, tumbar edificios con aviones, y un sinfín de cosas más. Pero, empecemos por lo primero: ¿de dónde vienen los judíos? En torno a esta respuesta, algunos conspiranoicos han formulado algunas teorías que han alimentado el odio en contra de los judíos.
Según la versión bíblica, los israelitas eran descendientes del patriarca Israel, originalmente llamado Jacob. Un hijo de Jacob, José, logró asentarse en la corte del faraón en Egipto. Allí, invitó a sus hermanos, y cada uno de éstos, serían los patriarcas de las doce tribus de Israel. En Egipto, los descendientes de José y sus hermanos se multiplicaron conformando ya el pueblo de Israel. Los egipcios los esclavizaron, y bajo la conducción de Moisés, salieron de Egipto y ocuparon Canaán.

Los historiadores no confían mucho en esta historia, pues no es seguro que los patriarcas o Moisés existieran.  El consenso entre historiadores y arqueólogos es más bien que los antiguos israelitas eran un pueblo que vivía en el territorio que hoy ocupa principalmente Israel y Palestina; es decir, nunca salieron de ahí, y nunca estuvieron en Egipto. Eran tribus de pastores nómadas que se empezaron a diferenciar de sus vecinos (llamados “cananeos”) por algunas prácticas en particular; entre ellas, la prohibición de comer cerdo. Estas tribus se fueron uniendo en una confederación, y ese aglutinamiento se fue consolidando con el culto a un dios común, Yahvé. Muchos siglos después, durante el reino de Josías en el siglo VII antes de nuestra era, por circunstancias históricas y políticas muy particulares, se inventaron (o, al menos, se afinaron los detalles) las historias sobre los patriarcas y el éxodo desde Egipto.
Eventualmente, estas tribus se asentaron como Estado, y conformaron una monarquía unificada bajo los reinos de Saúl, David y Salomón. Pero, hacia el siglo X de nuestra era, la monarquía se disolvió en dos reinos, Israel al norte, y Judá al sur. En el 721 antes de nuestra era, el reino de Israel fue destruido por una invasión asiria. Las tribus israelitas estaban divididas territorialmente. En el reino de Judá estaban la tribu de Judá, la de Benjamín, y algunos miembros de la tribu de Leví. En el reino de Israel estaba el resto de las tribus. Cuando los asirios invadieron el reino del norte, deportaron a su población. Las tribus que conformaron ese reino se dispersaron, se asimilaron al resto de la población asiria, y sencillamente, perdieron su identidad israelita.
El reino de Judá logró sobrevivir la amenaza asiria, pero en el siglo VI antes de nuestra era, tuvo que hacer frente a la amenaza de un nuevo imperio, el babilónico. En el 597 antes de nuestra era, los babilonios entraron en Jerusalén, y deportaron a la población del reino. No obstante, a diferencia de las tribus del norte, las tribus del reino de Judá no se asimilaron por completo al resto de la población babilónica, y sí lograron mantener su identidad. El imperio babilónico se derrumbó ante los avances del imperio persa, y en el 539 antes de nuestra era, el emperador persa Ciro emitió un decreto permitiendo a los exiliados de Judá regresar a su patria de origen.
Esa gente que volvió a Jerusalén y sus alrededores, vinieron a ser los judíos. No obstante, no todos volvieron a su tierra de origen. Hubo judíos que se quedaron en regiones del  imperio persa, y eventualmente fueron poblando regiones del norte de África, Europa y Asia. Siglos después, los judíos sufrieron una derrota frente al imperio romano, la población fue nuevamente desterrada, y eso produjo nuevas olas migratorias hacia Europa.
Desde incluso antes de la época de Jesús, siempre hubo en la religión judía la expectativa de que, algún día, se encontrarían las tribus perdidas de Israel, y se unirían. El mito se mantuvo por siglos, pero sin mucho tesón. No obstante, a partir del siglo XVI, con la expansión colonial europea por América, África y Asia, el mito de las tribus perdidas de Israel volvió a ganar fuerza. Los exploradores europeos, al encontrarse con nativos en los nuevos territorios explorados, trataron de acomodar estas nuevas experiencias a sus esquemas mentales. Y así, muchos de ellos empezaron a alegar que, sobre todo los indígenas de América, eran en realidad descendientes de alguna tribu perdida de Israel.
En el siglo XIX, esta idea sirvió incluso para fundar una religión que crece fuertemente hoy: el mormonismo. Los mormones no creen exactamente que los indios americanos sean descendientes de alguna de las tribus perdidas de Israel, durante la deportación asiria. Pero, sí creen que, durante el exilio babilónico, una familia de judíos emigró a América, y una rama de sus descendientes son los actuales indios americanos.
Estas teorías sobre las tribus perdidas de Israel, en cierto sentido honraban a los supuestos descendientes de las tribus. Mientras que los conquistadores y colonos consideraban a los nativos personas incivilizadas, el mito de las tribus perdidas los consideraba descendientes del pueblo elegido de Dios, que por ende, eran depositarios de sabiduría y profesaban una religión muy parecida al cristianismo.
Pero, el mito de las tribus perdidas de Israel también sirvió para tratar de justificar el imperialismo, sobre todo el británico. A medida que construían el imperio donde el sol nunca de ponía, los británicos fueron divulgando la idea de que ellos eran algo así como el nuevo pueblo elegido, cuya misión era civilizar al resto del mundo, y cuyos monarcas eran descendientes del gran rey David. Y, para reafirmar aún más esa idea, se empezó a coquetear con la noción de que, quizás, los propios británicos eran también una tribu perdida.
A mediados del siglo XIX, surgió en Inglaterra el movimiento de los Israelitas británicos, o como también vino a llamarse, el anglo israelismo. En el siglo XVIII, un tal Richard Brothers había publicado panfletos explicando que, después de la deportación asiria, las tribus israelitas emigraron hacia Europa, y finalmente llegaron a la actual Gran Bretaña. Los británicos, pues, son los descendientes de los israelitas, y en ese sentido, son también el pueblo a quien Dios hizo sus promesas en el Antiguo testamento.
En 1840, John Wilson tomó estas ideas, y se encargó de expandirlas y publicitarlas aún más. Wilson estaba interesado en la piramidología. Por aquella época, había un enorme interés en las cosas egipcias, y en especial, las pirámides. Wilson creía que los patrones geométricos de las pirámides en Giza, revelan códigos secretos sobre eventos futuros. La gente interesada en la piramidología se empezó a interesar también en el supuesto origen israelita de los británicos, algunos incluso llegando a afirmar que ese origen israelita de los británicos estaba enunciado en las pirámides. Ningún científico o historiador se toma en serio la idea de que en las pirámides hay mensajes ocultos a partir de sus patrones geométricos. La piramidología opera de un modo muy similar a las teorías conspiranoicas: ve patrones donde no los hay, y establece conexiones que no existen.   
En fin, el movimiento de Wilson fue nunca se convirtió en un grupo demográficamente considerable. No convencieron a mucha gente. Sus argumentos eran muy forzados. Alegaban que algunas supuestas etimologías inglesas revelaban un origen hebreo, y así, creían demostrar el origen israelita de los británicos. Por ejemplo, decían que la palabra scot (escocés) era una derivación de Gaad (una de las tribus perdidas de Israel). A decir verdad, los lingüistas no encuentran ningún rastro semítico en la lengua inglesa. Previsiblemente, con argumentos tan pobres, la tesis de los orígenes israelitas de los británicos fue menguando, y en Gran Bretaña, casi nadie la toma en serio ya.

Pero, a inicios del siglo XX, algunos de los defensores de esta tesis emigraron a EE.UU., y ahí, el movimiento sí se asentó con más fuerza. En aquel momento, EE.UU. era una sociedad marcadamente racista. Las ideas del anglo israelismo no eran propiamente racistas. Pero, en EE.UU., sus seguidores sí le dieron un giro racista, y así, lograron calar mejor.
El movimiento del anglo israelismo en EE.UU. evolucionó hacia lo que vino a llamarse la Identidad cristiana, un grupo con intenciones de odio racial. La Identidad cristiana defendía la vieja noción de que los británicos eran descendientes de los israelitas, pero añadieron que los actuales judíos son impostores que no son los verdaderos descendientes de las originales tribus de Israel. Por dos mil años, los judíos han conspirado haciendo creer al mundo que ellos son descendientes de los patriarcas bíblicos, pero en realidad, sus orígenes son mucho más lúgubres.

Según la Identidad cristiana, los judíos proceden de una población de preadamitas, es decir, gente que vivió antes de Adán. Estos preadamitas eran gente degenerada (pues antecedieron a la creación especial de Dios), y sus descendientes, los judíos, son igualmente degenerados. El propio Satanás era un preadamita, y por ende, es ancestro de los judíos. Con sus engaños, han querido hacer creer que ellos son el pueblo elegido de Dios, pero en realidad, son hijos del diablo, tal como el propio Cristo acusó a los fariseos, según el evangelio de Juan (8:44). Los judíos conspiran para continuar el reino de Caín (quien, es hijo de Eva y Satanás en forma de serpiente, y él mismo se casó con una preadamita, convirtiéndose en ancestro de los judíos); están en alianza con los masones, los illuminati y los comunistas, y mueven los hilos del poder.